viernes, 28 de abril de 2017

- Vivas nos queremos -

Hoy me desperté apesadumbrada, con el cuerpo agotado, con el desgano a flor de piel.
Finalmente los medios consiguieron su noticia del día; esa que los lleva al amarillismo más extremo; esa con la que se consagran y ganan trofeos. Esa que se encontraba guardada en un cajón, encerrada bajo siete llaves, esperando a que la bomba estallara, a que el muerto se desenterrara —literal. Esa misma noticia que tenían olvidada y descuidada, tapada con discursos frívolos del impresentable que nos gobierna —el mismo que afirma que a todas las mujeres nos gusta que nos digan algún que otro piropo, así sea "qué lindo culo que tenés". 
Y yo ya no tengo energía. No tengo energía para seguir escuchando este tipo de noticias y el descaro con el que se encaran. No tengo energía para leer a los opinólogos de turno de cuanta red social banal se me pudiera ocurrir, que en vez de salir a apoyar a la víctima, justifican directa e indirectamente al victimario.
Esos mismos opinólogos que desde su sillón juzgan a los padres —quienes acaban de sufrir su mayor pérdida— por no ejercer suficiente control por sobre su hija —esa que acaba de ser brutalmente asesinada. Y cuando no es el control es la ropa, y cuando no es la ropa es la hora del día, y cuando no es la hora del día es el sexo. Y ahí están, intentando descifrar durante años por qué la chiva no quiere salir de ahí, como si todos esos falsos fundamentos tuvieran efectivamente algo que ver. 
Así que no. Realmente no doy más. Las lágrimas quieren salir, tiemblan las manos, arde el cuerpo, duelen hasta las huesos y noto cómo de a poco me voy dejando consumir por la impotencia.
Cansa que salir a la calle sea como jugar a la generala, sólo cuestión de suerte, porque en definitiva lo único que nos diferencia de Belén, Micaela, Ornella o Araceli, es el azar, y que nosotras seguimos vivas para seguir batallando ante el cansancio y la adversidad.

martes, 18 de abril de 2017

- Guardapolvo blanco -

Corría el 2002 y yo tenía once años. Estaba en sexto grado del colegio primario y me faltaban millones de experiencias por vivir.
No siempre fui una persona aplicada y estudiosa, todos tenemos nuestros bemoles. Sin embargo, ese año perdí la cuenta de la cantidad de veces que caí en cama, apestada por gripes que acechaban a un sistema inmunológico casi tan débil como mi constancia.
En consecuencia, me perdí de más de un mes de período lectivo y mi madre se vio obligada a conseguirme los apuntes y actividades que se venían llevando a cabo.
Me sentaba a diario a estudiar con ella. Así, el colegio, se volvió mi prioridad, y las tareas se convirtieron más que en una distracción, en un hobbie.
Para el momento de mi reinserción, me encontré con una de las docentes más temidas de mi escuela primaria pública.
Su nombre resonaba por los pasillos como un trueno en medio de una tormenta feroz.
«"No sonríe nunca". "No aprueba a nadie". "Te toma examen todos los días"»
Alicia Hergott. Un nombre que nunca voy a olvidar.
En efecto, Alicia nos había advertido que con ella no existirían los peros y que sólo iba a dejar de evaluarnos el día que todos y cada uno de los integrantes de mi curso obtuviéramos un diez por calificación. Nunca pasó.
Por esta misma razón, ella se vio obligada a cumplir con su palabra.
Cada lunes, a primera hora de la mañana, todos sacábamos una hoja en blanco y rendíamos un examen semanal de Lengua y Literatura.
Nuestro nivel de escritura era bajísimo, por no decir deplorable, y Alicia, como persona rigurosa que era, no nos dejaba pasar una.
Fue la primera maestra que nos trató como adultos, que nos exigió a todos por igual, que no nos subestimó jamás.
Yo me dediqué a estudiar día tras día, por gusto, por placer.
Empecé sexto grado sin saber diferenciar una palabra grave, de una aguda, de una esdrújula. Terminé sabiendo hacer hasta el análisis sintáctico de las oraciones a la perfección.
Fue ese mismo año en que nació mi pasión por la escritura, fomentado tanto por mi dedicación y esfuerzo, como por el amor que mi docente me transmitía semana a semana.
Sentí una conexión con ella que jamás había sentido antes. Me gusta pensar que fue recíproca. Un ida y vuelta constante. Una retroalimentación que nos hizo crecer a las dos por igual.
Ese es, en definitiva, el cometido de todo docente.
En los tiempos que corren, se viene bastardeando sistemáticamente a esta profesión que, junto con el ámbito de crianza, es fundamental para la educación de todo chico. Lo ve hasta un ciego, aunque no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Me remonto a esa época mía de guardapolvo blanco observando a mi maestra, embelesada, admirándola en silencio, y no me imagino a una Alicia reprimida, ninguneada, acallada, cuestionada.
¿Quién se atrevería? ¿A quién siquiera pudiera ocurrírsele? ¿Acaso alguien sería capaz de celebrar semejante barbaridad? Ni ahora ni nunca. Jamás. Nunca más.
No sé qué hubiera sido de mí sin la compañía de Alicia, sin sus métodos de enseñanza, sin el aprendizaje que me dejó. Posiblemente hoy sentiría un inexplicable vacío por ser carente de una pasión, por no haber encontrado lo mío. Pero lo mío es esto y se lo adjudico a ella porque es su logro también.
No sé qué fue de la vida de la maestra que me marcó. Que convirtió mi vida en un antes y un después. Que me definió. Sólo sé que, como ella, todavía hay cientos y miles de Alicias luchando e inculcándonos los valores más dignos para construir un mundo mejor.

viernes, 17 de marzo de 2017

- Con M de mitad -

Conocer a alguien un 1 de Enero no es casual. No puede serlo. No debe serlo.
En medio de un mundo que se va al tacho segundo a segundo, en medio de las frivolidades de una comunicación instantánea que incomunica, en medio del caos de mi vida y de la suya, en medio de nuestros caminos, ahí la conocí.
En medio de medios de transporte discontinuados. En medio de un cuasi plantón, que por suerte no lo fue. En medio de una plaza que reflejaba la resaca de Año Nuevo.
En medio de sonrisas avergonzadas. En medio de mi patético canto desafinado. En medio de nervios. En medio de una búsqueda del tesoro desesperada por encontrar una mínima gota de alcohol para calmar las ansias que me agobiaban. En medio de su consecuente fracaso.
En medio de manos queriéndose encontrar por inercia, chocándose por error. En medio de mis ganas de acariciarla. En medio de mi cobardía.
En medio de siete horas de charla. En medio de la inventiva constante buscando un momento, un vago pretexto, una ínfima señal de humo que indicara reciprocidad.
En medio de aguas agitándose. En medio de ojos tapándose. En medio de cosquillas en la panza. En medio del medio minuto más mágico de cualquier 1 de Enero que mi mente pudiera recordar.
En medio de guiones, música, caricias, besos y abrazos. En medio del arte que alcanza la paz mundial.
En medio de idas y venidas. En medio de culpas -aunque culpa a la iglesia-. En medio de incertidumbres e inseguridades. En medio de la adrenalina más pura.
En medio del miedo que espanta y la euforia incesante es tiempo de poner en la balanza y hallar el equilibrio constante.

lunes, 9 de enero de 2017

- Cincuenta mil horas -

Redondo, redondo, barril sin fondo. Así arranca esta eterna historia sin fin, o con un final cantado; más que premeditado. Así se convierte fácilmente en un inmenso agujero negro de la soledad; en el par insostenible de la línea temporal.
Cincuenta mil horas. Cincuenta mil horas consecutivas. Cincuenta mil horas consecutivas al lado de alguien. Casi dos mil ochenta y tres días. Casi seis años. Un casi definido por un nada. Un nada indefinido.
Cincuenta mil horas consecutivas que exhiben mucho más que nuestras propias cincuenta sombras. Cincuenta mil horas consecutivas que descubren nuestros más temibles secretos, dejándolos así, al acecho. Cincuenta mil horas consecutivas que desgastan, que convierten en rutina, que te privan de sorpresas, que inmortalizan en un mundo de mortales y te apresan, volviéndote un esclavo de tus acciones y hasta de tus propias palabras.
Cincuenta mil horas consecutivas invertidas en una historia que ya es historia, que ya no va más, que fue, que ya no será.
¿Pero quién puede culpar a quién en este mundo de reveses y derechos? ¿Quién osaría escupir para arriba si de aciertos y fracasos estamos hechos?
Son las experiencias mismas las que, en definitiva, te permiten crecer y convertirte continuamente en tu mejor versión. Te hacen falta experiencias para aprender a contar. De las buenas. De las malas. De las cotidianas. De las espontáneas. De las equívocas. Te hacen falta experiencias para volver a cotizar tu corazón y animarte a arriesgar una vez más por amor.
Cincuenta mil horas. Cincuenta mil horas consecutivas. Cincuenta mil horas consecutivas al lado de alguien, sin arrepentimientos, dando todo y mucho más. Porque si lo vas a vivir, mejor hacerlo bien, ¿no?

martes, 3 de enero de 2017

- Son.Risas -

Unos días antes de terminar de cerrar por completo la historia con mi ex -porque hay historias que, al igual que "El último exorcismo", tienen parte uno, dos y tres-, me encontraba sentada en la mesa charlando con su mamá. Es extraño cómo uno interpreta las señales de la vida a su antojo. Para mí ese era un claro indicio de que mi relación iba camino a salvarse -ese y otros tantos.
Mujer extraña la madre de mi ex. Nunca se lo transmití, pero en el fondo creo que tuvo cualidades que llegué a admirarle en silencio. "C" es de esa clase de personas determinantes que te hablan con contenido y siempre, indirectamente, te filtran algún dato informativo que, en algún momento, tarde o temprano, te va a ser de utilidad. Y ahí estás vos, incrédula, rememorándola de golpe, sorprendiéndote de su capacidad una vez más.
En esta última charla me dijo una frase que, desde el momento en que me terminé de separar definitivamente, aplico a diario al menos en algún momento del día en que siento que mi paciencia no da para más. "Dicen que, si sonreís, aunque no tengas ganas de hacerlo, el cerebro interpreta que estás contento y te empezás a sentir más alegre".
Al principio me pareció un planteo disparatado, pero con el correr de los días decidí otorgarle el beneficio de la duda y ponerme a investigar al respecto. Parece que este descubrimiento epifánico le corresponde al mismísimo Charles Darwin, quien comprobó que simular una emoción podía realmente generarla en nuestra mente.
De esta manera empecé a implementar este nuevo ejercicio con el fin de comprobar la teoría. Día tras día, minuto a minuto, sonriendo ante la adversidad, aunque tuviera que sacar la sonrisa de otra galaxia y generar un nuevo Big Bang. De a poco el malestar menguaba y traía aparejados unos segundos de paz.
El camino resulta más ameno cuando tenés un pretexto para llevar puesta una sonrisa. Pero no siempre se puede depender de un motivo. A veces hay que calzarse el disfraz y dejarse captar, para aprender a depositar la energía más en las ganas que en la razón.
Si alguien me hubiera dicho de antemano que uno de mis principales recursos de salvataje durante estos últimos meses iba a ser éste -un consejo de mi ex suegra-, no le hubiera creído jamás.
Lo cierto es que nunca sabés quién, cómo, cuándo y dónde va a estar ahí para tirarte algún tip para que tu vida sea un poquitito más llevadera. No te cierres. Tomalo. Escuchá. Prestá atención. Dejate ser. Dudá. Explorá. Averiguá. Experimentá. Y por sobre todas las cosas, sonreí. Nunca te olvides de sonreír. Después de todo, las sonrisas más valientes son aquellas que sanan los dolores más profundos del alma.

sábado, 31 de diciembre de 2016

- Veinte dieciséis -

Llevo días deliberando si hacer o no este texto introspectivo que acostumbro a escribir anualmente. Es complejo empezarlo sabiendo que no fue el mejor de tus años, que pasaste por calzada resbaladiza en más de una oportunidad y que pusiste mucho de vos para tropezar con la misma piedra incontables veces.
En medio de este dilema, los dedos fluyen a través del teclado, como si igual quisiera contarlo todo y sacar en limpio algo positivo. Al fin y al cabo, intentar ver el vaso medio lleno nunca está de más, ¿no?
Empecé este 2016 con ansias de más, como cada 1 de enero, con metas claras que con el correr de los meses se fueron desvaneciendo. Empecé este 2016 siendo una Carolina y mirando hacia atrás veo que de esa Carolina conservo sólo su nombre. Empecé este 2016 con el pie izquierdo y aguanté una vida a medias tintas, por elección, por conformismo, por miedo y porque mejor malo conocido que bueno por conocer.
Transité este 2016 a ciegas, temblorosa, insegura, repartiendo manotazos de ahogado con el único propósito de buscarme, o más bien de reencontrarme, porque en el último tiempo me dediqué a perderme por completo.
Padecí este 2016 de punta a punta, pero a veces es necesario que la vida te cague un poquitito a trompadas. Es el recurso que encuentra para hacerte un llamado de atención y decirte "flaca, le estás pifiando fiero", cuando nadie más te lo puede advertir.
Cuesta aceptar las vueltas de la vida, pero un sabio amigo mío me enseñó, entre mate y mate, que lo importante no es lo que te pasa, sino cómo reaccionás ante esos hechos.
Y entonces veo que el 2016 vino plagado de mucho más que simplemente terribles acontecimientos. Porque en este año de malas, volví a entender que la alegría está en las pequeñeces efímeras del día a día. Que la felicidad se construye y a veces hay que salir a buscarla. Que para ser mejor persona se trabaja segundo a segundo. Que la mentira tiene patas cortas. Que tus hermanos son lo mejor que te pudo pasar. Que compartir una birra con tus viejos un viernes a la noche vale más que la Platinum de MasterCard. Que tus sobrinos te llenan el alma. Que tus amigos se manejan con incondicionalidad. Que a veces es imperioso pedir perdón, perdonarse y saber perdonar. Que es importante saber cuándo parar. Que las cosas buenas llegan sólo si aprendés a aceptar.
Por eso mismo, esta noche no voy a pedir por un próspero porvenir, voy a agradecer por cada golpe y por cada lágrima derramada. Porque nada fue en vano. Porque de todo se aprende. Porque con todo se crece.

martes, 6 de diciembre de 2016

- Arriba -

"Bienvenidos a bordo", anuncia el capitán por el altavoz, y sentís cómo de a poquito se te empieza a estrujar el estómago.
Hay dos motivos por los que no soy una persona habitué de los viajes aéreos. El primero, el monetario. ¿El segundo? El monetario. Sin embargo, hay veces en que ésta termina siendo la única alternativa de transporte viable, y por mucho que el bolsillo apriete, no queda otra más que desembolsar.
Siempre fui una persona muy temerosa. Toda la vida. ¿Por qué iba a ser ésta la excepción?
Tomarte un avión es simple pero enrevesado, igual que una canción de Arjona. Hay un abc de reglas por seguir y es imperioso cargarse de paciencia -y no tener antecedentes penales, ¡obvio!
En ese ínterin es cuando yo empiezo a procesar.
Primero hacemos el trámite para dejar la valija y la veo perderse en una cinta corrediza con otro tanto de valijas más, e inevitablemente me remonto a Toy Story. ¿Ay Woody, me la abrirán? Sé que tengo todas las chances de que eso pase.
Me leí cientos de páginas y foros intentando descifrar si se podía llevar un encendedor en el equipaje. Me la jugué a todo o nada y también cargué los puchos. Astuta yo, todo esto lo puse al lado del desodorante. Está claro que la cosa puede salir muy mal.
Como segundo trámite, nos toca pasar por la aduana y mi cabeza vuela imaginándose a cada uno de los programas informativos dilucidando el porqué del accidente. ¿Cuántos pasajeros iban en el vuelo? ¿A qué se dedicaban? ¿Eran buenas personas? ¿Nietos? ¿Hijos? ¿Padres de familia? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras en sus redes sociales? ¿Y sus pensamientos finales? Todo por el descuido de una inconsciente: yo.
El tercer trámite corresponde a migraciones y al famoso sello en el pasaporte. Sé que está todo en regla. Aun así, estos procedimientos siempre me ponen nerviosa. ¿Será que sólo me pasa a mí? Torpemente entrego mi documento para que finalmente aprueben mi salida del país.
Ahora no queda más que esperar... Esperar... Esperar... Esperar hasta que nos llaman para abordar.
Enterarte de que viajás con un grupo de chicos de un club de rugby tampoco ayuda. Sé que a todos se nos cruza por la cabeza la peor sentencia, pero nadie dice nada porque en definitiva, no quiere decir nada.
Arriba del avión los asientos son detestables y el video de las medidas de seguridad sólo me hace maquinar más. No obstante, dedico toda mi atención posible a memorizar cada detalle. No hay que olvidar jamás que Tusam dijo que puede fallar.
Los sonidos del motor me recuerdan a la acertada descripción que Homero le hizo a Marge para vencer su pánico a volar y me remito a creer que en un momento así, sólo se puede reír, pero la risa no sale.
El avión se pone en posición, la tripulación está lista para el despegue y al instante la aeronave empieza a acelerar. «No se puede fumar, no se puede fumar... La puta madre»
Estoy nerviosa y me aprieto los nudillos de las manos hasta que se me ponen blancos. Fuera de eso, intento no exteriorizarlo de ninguna otra manera. Esto sólo requiere de un poquito de concentración, aunque no dejo de sentirme un tanto avergonzada. No me había dado cuenta hasta este momento de lo mucho que me asustaba volar.
Vamos ascendiendo lentamente y puedo sentir la presión en el cuerpo que me impulsa hacia abajo mientras el avión se eleva a paso firme.
Arriba. Más arriba. Un poco más. Y de golpe la carcacha de metal que nos traslada, gira súbitamente a la izquierda, como un barrilete flameando al compás del viento, dejándonos prácticamente "de côté". No hiperventilo porque no da, y porque en el fondo la adrenalina que siento, me hace sentir viva.
Miro por la ventanilla y las hectáreas inacabables de tierra ahora no son más que diminutas parcelas que percibo a lo lejos en el medio de la oscuridad. Eventualmente, cuando dejamos atrás algunas nubes pasajeras, se ven las luces de la ciudad como luciérnagas en la noche.
Se me tapan los oídos y noto que estamos a la altura del horizonte, entre la tierra y el cielo, incomunicados, alejados de todo y de todos, sintiendo nada más que libertad. Los problemas que te agobiaban se esfuman al igual que el humo de ese cigarrillo que no te pudiste prender, y te dedicás a contemplar y a navegar con tu mente por los misterios más profundos.
¿A qué le temías? ¿Al viento? ¿Al vacío? ¿A la existencia? ¿A la permanencia?
Cuando volás, tus miedos pasan a formar parte de una línea paralela que se manifiesta de forma latente, porque ahí arriba tu pasado se vuelve obsoleto.
Arriba te das lugar a que te acapare el ahora, antes de volver a bajar hacia caos de la vida.