viernes, 8 de enero de 2010

- Prefacio -

PREFACIO
La oscuridad comenzaba a aterrarme, extraño en mí sabiendo que me había enfrentado a peores situaciones. Me sentía llena de pánico y con una furia incontrolable. Mi desesperación no se ahogaba en gritos, porque cuanto más silencio hiciera mejor sería para subsistir unos cuantos minutos más. Todo me resultaba agotador; había pasado las últimas treinta y siete horas despierta y mi mente se convertía en un taladro trabajando de manera incesante. El sonido era ensordecedor, y sin embargo, pese a todas las contras que se me presentaban, yo seguía allí, acurrucada detrás de ese enorme montón de cajas que sólo me ocultarían por un período de tiempo no muy prolongado. Algo debía de hacer, pero ¿cuál era la solución que tanto me costaba hallar? Sí. Eso sería...
No estaba dispuesta a poner en riesgo a quien yo más amaba; ese amor que se convertía en un arma de doble filo, imposible de soportar.
Yo era la persona más débil y me culpaba por eso. ¿No valía la pena luchar por quien se había convertido en el eje central de mi vida?
<<No>> Retumbó el eco de mi mente.
Sabía que tarde o temprano este momento llegaría. ¡Qué cobardía la mía! ¡Qué oportuno el hecho de perder todo mi coraje en estas circunstancias!
Nada de lo que me planteaba tenía sentido, y mi mente se convertía en una granada sin seguro. No era lógico marcharme, porque el futuro ya estaba en marcha, acechando cada uno de mis pensamientos. Sabía que ya nada tendría retorno, o al menos no encontraba ninguna señal en el camino como para detenerme a analizarla, como para darle el valor que realmente se merecía.
Tal vez las pistas estaban delante de mis ojos, como siempre había ocurrido todo en mi vida; todo delante de mis narices y nunca con la habilidad suficiente como para percatarme. ¡¿Por qué era capaz de tanto y a la vez de tan poco?!
<<¿Capaz de lidiar con la mismísima muerte y no con vos?>>
Simplemente esperaba que por un instante mi ira me dejara reflexionar tranquila con mis propios pensamientos. No pedía mucho, sólo pedía algo imposible. Un pacto con el diablo, y de pronto todo se torna negro.
<<¡TODO!>>
—Bueno. ¡Basta ya!— Exclamé con impaciencia. Grité.
Para cuando me di cuenta de que mi mente, mi otro yo, se había convertido en un señuelo clásico, sus golpeteos contra el suelo eran mucho mayores de los que esperaba, contra quienes ya no podría batallar.

MUIÑO, Carolina.