jueves, 16 de julio de 2015

- #NiUnoMás -

Doscientos noventa días, cinco horas, quince minutos, catorce segundos y contando. Eso es lo que llevo sin fumar. Nueve meses. Todo un parto. La mayoría de los Productores de Televisión que no ejercemos -no porque no queramos-, en algún momento nos topamos cara a cara con el dilema del dónde, el cuándo, el cómo y el por qué.

¿Dónde mando currículum?
¿Cuándo dejo de intentar?
¿Cómo fue que mi vida se fue a la mierda tan rápido?
¿Por qué me metí en esto?

<<¿Por qué...?>> 
Henos aquí la cruel dicotomía a la que debe enfrentarse continuamente el Productor. ¿Sigo pagando cursos y amplío más mis conocimientos en algo que posiblemente no vaya a dar frutos o me meto en (complete el nombre de la carrera universitaria que considere adecuada y luego continúe con su mediocre vida)?
¡Pero no! ¡¿Cómo es que tu mente te puede estar jugando esta mala pasada?! Con lo convencida que estabas cuando te anotaste... ¿Hace falta que te lo recuerde? ¿Dónde dejaste tus convicciones? ¿Tus ideales? ¿Tus sueños? ¿Dónde quedaron esas ganas de crecer y prosperar? Esas ganas de demostrarle a todos que podías, pero por sobre todas las cosas de demostrártelo a vos misma.
Y ahí es cuando te das cuenta de que si te lo replanteás, tu mente es débil y la debilidad no va de la mano con los golpes de la Producción, porque los vas a recibir y vas a tener que poner la otra mejilla.
¿Y quién dijo que sería fácil? Aquel, que venga y se me plante delante, porque la responsabilidad, los riesgos y el estrés son sinónimos de producir.
Es difícil la ansiedad del no saber, la amargura del no saber y el no saber en sí. Es duro querer por momentos ser marioneta por sentir que ya no tenés las fuerzas suficientes como para seguir intentando. 
La vida es difícil. Dejar de fumar es difícil.
Doscientos noventa días, seis horas, veintiséis minutos, diecisiete segundos... Dos mil novecientos dos cigarrillos no fumados. Ni uno más.
Las horas pasan, pero vos no volvés a fumar, ¿o sí?

miércoles, 17 de junio de 2015

- En Viaje -

Mi papá siempre decía: "todos los bebés lloran en el mismo idioma".
Así empiezo mi viaje. Rodeada de niños que algún día se van a convertir en adultos que hablen uno, dos o más idiomas, adultos con los que posiblemente jamás vaya a entenderme.
La locura de los viajes es saber que uno se cruza gente, personas con una vida desarrollada: un trabajo o no, estudios, parejas, creencias, vivencias... Gente que es un instante, un flash de nuestro recorrido. Su camino sigue y el mío también.
¿Me volveré a cruzar con ellos algún día? ¿Quién sabe? Tal vez sí. Posiblemente no me dé cuenta. Seguramente ellos tampoco.
Del polvo venimos y al polvo vamos. Somos un puñado de emociones pero no somos importantes a nivel individual.
Si un día me esfumase, posiblemente veinte personas se deprimirían lo suficiente como para llorarme y darle valor a lo que fui, sin embargo algún día lo superarían y sólo quedaría un ínfimo recuerdo mío. Ni una cuarta parte de lo que en verdad soy.
Las sociedades funcionan como un grupo de personas homogéneas, pero como individuos independientes, la definición pierde el sentido conjuntivo, lógicamente.
Por eso empiezo este viaje, porque quiero demostrarme a mí misma que soy mi propia conjunción de sentimientos,                                                                 
                            y que no necesito más.