miércoles, 17 de junio de 2015

- En Viaje -

Mi papá siempre decía: "todos los bebés lloran en el mismo idioma".
Así empiezo mi viaje. Rodeada de niños que algún día se van a convertir en adultos que hablen uno, dos o más idiomas, adultos con los que posiblemente jamás vaya a entenderme.
La locura de los viajes es saber que uno se cruza gente, personas con una vida desarrollada: un trabajo o no, estudios, parejas, creencias, vivencias... Gente que es un instante, un flash de nuestro recorrido. Su camino sigue y el mío también.
¿Me volveré a cruzar con ellos algún día? ¿Quién sabe? Tal vez sí. Posiblemente no me dé cuenta. Seguramente ellos tampoco.
Del polvo venimos y al polvo vamos. Somos un puñado de emociones pero no somos importantes a nivel individual.
Si un día me esfumase, posiblemente veinte personas se deprimirían lo suficiente como para llorarme y darle valor a lo que fui, sin embargo algún día lo superarían y sólo quedaría un ínfimo recuerdo mío. Ni una cuarta parte de lo que en verdad soy.
Las sociedades funcionan como un grupo de personas homogéneas, pero como individuos independientes, la definición pierde el sentido conjuntivo, lógicamente.
Por eso empiezo este viaje, porque quiero demostrarme a mí misma que soy mi propia conjunción de sentimientos,                                                                 
                            y que no necesito más.