sábado, 31 de diciembre de 2016

- Veinte dieciséis -

Llevo días deliberando si hacer o no este texto introspectivo que acostumbro a escribir anualmente. Es complejo empezarlo sabiendo que no fue el mejor de tus años, que pasaste por calzada resbaladiza en más de una oportunidad y que pusiste mucho de vos para tropezar con la misma piedra incontables veces.
En medio de este dilema, los dedos fluyen a través del teclado, como si igual quisiera contarlo todo y sacar en limpio algo positivo. Al fin y al cabo, intentar ver el vaso medio lleno nunca está de más, ¿no?
Empecé este 2016 con ansias de más, como cada 1 de enero, con metas claras que con el correr de los meses se fueron desvaneciendo. Empecé este 2016 siendo una Carolina y mirando hacia atrás veo que de esa Carolina conservo sólo su nombre. Empecé este 2016 con el pie izquierdo y aguanté una vida a medias tintas, por elección, por conformismo, por miedo y porque mejor malo conocido que bueno por conocer.
Transité este 2016 a ciegas, temblorosa, insegura, repartiendo manotazos de ahogado con el único propósito de buscarme, o más bien de reencontrarme, porque en el último tiempo me dediqué a perderme por completo.
Padecí este 2016 de punta a punta, pero a veces es necesario que la vida te cague un poquitito a trompadas. Es el recurso que encuentra para hacerte un llamado de atención y decirte "flaca, le estás pifiando fiero", cuando nadie más te lo puede advertir.
Cuesta aceptar las vueltas de la vida, pero un sabio amigo mío me enseñó, entre mate y mate, que lo importante no es lo que te pasa, sino cómo reaccionás ante esos hechos.
Y entonces veo que el 2016 vino plagado de mucho más que simplemente terribles acontecimientos. Porque en este año de malas, volví a entender que la alegría está en las pequeñeces efímeras del día a día. Que la felicidad se construye y a veces hay que salir a buscarla. Que para ser mejor persona se trabaja segundo a segundo. Que la mentira tiene patas cortas. Que tus hermanos son lo mejor que te pudo pasar. Que compartir una birra con tus viejos un viernes a la noche vale más que la Platinum de MasterCard. Que tus sobrinos te llenan el alma. Que tus amigos se manejan con incondicionalidad. Que a veces es imperioso pedir perdón, perdonarse y saber perdonar. Que es importante saber cuándo parar. Que las cosas buenas llegan sólo si aprendés a aceptar.
Por eso mismo, esta noche no voy a pedir por un próspero porvenir, voy a agradecer por cada golpe y por cada lágrima derramada. Porque nada fue en vano. Porque de todo se aprende. Porque con todo se crece.

martes, 6 de diciembre de 2016

- Arriba -

"Bienvenidos a bordo", anuncia el capitán por el altavoz, y sentís cómo de a poquito se te empieza a estrujar el estómago.
Hay dos motivos por los que no soy una persona habitué de los viajes aéreos. El primero, el monetario. ¿El segundo? El monetario. Sin embargo, hay veces en que ésta termina siendo la única alternativa de transporte viable, y por mucho que el bolsillo apriete, no queda otra más que desembolsar.
Siempre fui una persona muy temerosa. Toda la vida. ¿Por qué iba a ser ésta la excepción?
Tomarte un avión es simple pero enrevesado, igual que una canción de Arjona. Hay un abc de reglas por seguir y es imperioso cargarse de paciencia -y no tener antecedentes penales, ¡obvio!
En ese ínterin es cuando yo empiezo a procesar.
Primero hacemos el trámite para dejar la valija y la veo perderse en una cinta corrediza con otro tanto de valijas más, e inevitablemente me remonto a Toy Story. ¿Ay Woody, me la abrirán? Sé que tengo todas las chances de que eso pase.
Me leí cientos de páginas y foros intentando descifrar si se podía llevar un encendedor en el equipaje. Me la jugué a todo o nada y también cargué los puchos. Astuta yo, todo esto lo puse al lado del desodorante. Está claro que la cosa puede salir muy mal.
Como segundo trámite, nos toca pasar por la aduana y mi cabeza vuela imaginándose a cada uno de los programas informativos dilucidando el porqué del accidente. ¿Cuántos pasajeros iban en el vuelo? ¿A qué se dedicaban? ¿Eran buenas personas? ¿Nietos? ¿Hijos? ¿Padres de familia? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras en sus redes sociales? ¿Y sus pensamientos finales? Todo por el descuido de una inconsciente: yo.
El tercer trámite corresponde a migraciones y al famoso sello en el pasaporte. Sé que está todo en regla. Aun así, estos procedimientos siempre me ponen nerviosa. ¿Será que sólo me pasa a mí? Torpemente entrego mi documento para que finalmente aprueben mi salida del país.
Ahora no queda más que esperar... Esperar... Esperar... Esperar hasta que nos llaman para abordar.
Enterarte de que viajás con un grupo de chicos de un club de rugby tampoco ayuda. Sé que a todos se nos cruza por la cabeza la peor sentencia, pero nadie dice nada porque en definitiva, no quiere decir nada.
Arriba del avión los asientos son detestables y el video de las medidas de seguridad sólo me hace maquinar más. No obstante, dedico toda mi atención posible a memorizar cada detalle. No hay que olvidar jamás que Tusam dijo que puede fallar.
Los sonidos del motor me recuerdan a la acertada descripción que Homero le hizo a Marge para vencer su pánico a volar y me remito a creer que en un momento así, sólo se puede reír, pero la risa no sale.
El avión se pone en posición, la tripulación está lista para el despegue y al instante la aeronave empieza a acelerar. «No se puede fumar, no se puede fumar... La puta madre»
Estoy nerviosa y me aprieto los nudillos de las manos hasta que se me ponen blancos. Fuera de eso, intento no exteriorizarlo de ninguna otra manera. Esto sólo requiere de un poquito de concentración, aunque no dejo de sentirme un tanto avergonzada. No me había dado cuenta hasta este momento de lo mucho que me asustaba volar.
Vamos ascendiendo lentamente y puedo sentir la presión en el cuerpo que me impulsa hacia abajo mientras el avión se eleva a paso firme.
Arriba. Más arriba. Un poco más. Y de golpe la carcacha de metal que nos traslada, gira súbitamente a la izquierda, como un barrilete flameando al compás del viento, dejándonos prácticamente "de côté". No hiperventilo porque no da, y porque en el fondo la adrenalina que siento, me hace sentir viva.
Miro por la ventanilla y las hectáreas inacabables de tierra ahora no son más que diminutas parcelas que percibo a lo lejos en el medio de la oscuridad. Eventualmente, cuando dejamos atrás algunas nubes pasajeras, se ven las luces de la ciudad como luciérnagas en la noche.
Se me tapan los oídos y noto que estamos a la altura del horizonte, entre la tierra y el cielo, incomunicados, alejados de todo y de todos, sintiendo nada más que libertad. Los problemas que te agobiaban se esfuman al igual que el humo de ese cigarrillo que no te pudiste prender, y te dedicás a contemplar y a navegar con tu mente por los misterios más profundos.
¿A qué le temías? ¿Al viento? ¿Al vacío? ¿A la existencia? ¿A la permanencia?
Cuando volás, tus miedos pasan a formar parte de una línea paralela que se manifiesta de forma latente, porque ahí arriba tu pasado se vuelve obsoleto.
Arriba te das lugar a que te acapare el ahora, antes de volver a bajar hacia caos de la vida.

jueves, 1 de diciembre de 2016

- Click, ganando el control -

Empiezo este relato en la puerta de lo de mi psicóloga mientras espero a que mi mejor amiga salga de su turno, casualmente consecutivo al mío, para después disfrutar de una rica merienda antes de emprender mi viaje de compras a Chile. Esas son las actividades que uno se propone cuando tiene que superar una relación y tiene los recursos para hacerlo.
La última vez que salí de acá, tuve que cumplir con una asignatura. La sesión de hoy se trató, puntualmente, de avanzar ítem por ítem para desmitificar la lista negra del desamor, esa lista que tantos dolores de cabeza me trajo. ¿El objetivo? Hacer click.
Hacer click se trata de comprender. De evolucionar. De mirar para adelante y no hacia el pasado. De retomar las riendas. De ganar el control. De soltar.
Uno no entiende el verdadero significado de esa expresión tan cursi y tan cliché que significa "soltar" hasta que conecta con sus sentimientos más profundos y se pregunta por qué.
Inevitablemente cuestionarte te obliga a hacer un mea culpa, a mirar objetivamente tus errores, cada desacierto, cada tropiezo, cada permiso indebido, cada acto de sumisión. Y ahí estás, asimilando sin darte cuenta, asumiendo que sos únicamente vos quien tiene el poder de cambiar tu propia realidad. Vos y nadie más que vos.
Y la realidad a veces aparece escondida, disfrazada, delante de nuestros ojos, pero no somos capaces de verla o no es el momento -porque cada uno tiene su momento- o como fue mi caso, se presenta de forma epifánica, en medio de una intensa charla con tu psicóloga.
Esta epifanía tiene que ver con un largo proceso de debate. Con un arduo trabajo a la par de esta mujer que me llevó a aceptar que estoy lista. Lista para dejar ir. Y estoy lista justamente gracias a "la lista".
Porque finalmente entiendo que si de una serie de puntos encontrás más en contra que a favor, ¿por qué seguir sosteniendo que lo que hoy sentís sigue siendo amor?
Lo hubo. Sí que lo hubo, y mucho. Más del que hubiera podido imaginar. Pero como dicen por ahí: nada se pierde, todo se transforma.
La respuesta está ahí, en tu hoja. En cada reflexión. Y sí, da miedo. Obvio que da miedo cambiar. Da pánico despegar, pero yo mañana me voy a tomar un avión, y -tarde pero seguro- mi viaje recién empieza.

domingo, 27 de noviembre de 2016

- Inocencia Diminuta -

Hoy es noche de pijamada. Venía desde hacía una semana mentalizándome al respecto, pensando en lo revitalizante que podría llegar a ser. Los chicos tienen siempre una energía avasallante y tenés dos opciones: desgastarte o recargarte. A mí obviamente me venía bien la segunda.
Las cosas no me salieron exactamente según lo planeado. Tuve un día nefasto. Está bien, me gusta dramatizar, pero no fue el mejor de mis días del 2016, aunque si me pongo a pensar en líneas generales tampoco fue un buen año, pero la vengo piloteando para salir de la mala racha.
La idea era disfrutar plenamente de mis sobrinos pero la noche anterior cometí el error de irme a dormir tarde sabiendo que al día siguiente tenía que madrugar para ganarme el pan de cada día. Bendito sistema capitalista que te hace depender de una moneda para lograr cosas que resultan cada vez más inalcanzables. Y ahí estás, corriendo una carrera interminable, siempre en el último lugar. En definitiva, uno ahorra a futuro consumiendo así su presente.
¿En qué momento es que decidimos dejar atrás a nuestro niño interior y sumirnos en una madurez cargada de responsabilidades y preocupaciones? La vida de los adultos no debería ser así.
Después de una jornada laboral aburrida y poco demandante me tocó escuchar las quejas insolentes de mi sobrina mayor y, reconozco mi error con una mano en el corazón, no tuve la tolerancia suficiente. Tiene seis años y yo veinticinco. Sin embargo yo hoy parecía de cuatro.
Catalina nació en el 2010. Su edad va con el año. Carga en su nombre la herencia de mi abuela paterna, a quien no tuve la suerte de conocer, pero tengo entendido que fue una persona excepcional, de esas que se extrañan todos los días.
Todavía me acuerdo como si hubiera sido ayer el día que me enteré de que mi hermana mayor iba a ser mamá. El miércoles 13 de Enero de 2010 Andrea llegó y me desayuné la noticia con los ojos cubiertos de lágrimas que buscaban salir como una de esas lluvias torrenciales que inundan todo Buenos Aires.
Recuerdo haberles escrito una carta a ella y a mi cuñado felicitándolos y agradeciéndoles por el nuevo rango jerárquico que me otorgaban.
El tiempo pasó y Cata nació un primero de Septiembre. Cuando me llamó mi mamá para darme la noticia yo estaba en el baño. No era el mejor momento para responder un llamado telefónico. Así y todo atendí. Nuevamente el llanto irrumpió en mi puerta. ¿Qué puedo decir? Soy una persona sensible.
Al principio me daba miedo cargarla. Me daba pánico. No me sentía capaz. Después de mí, no había habido ningún otro bebé en la familia. Claramente me significaba toda una novedad. Mis hermanos estaban tan cancheros haciéndole monerías que a mí me resultaba hasta envidiable.
Con el correr de los meses no me quedó otra alternativa más que adaptarme a lo nuevo y dejarme llevar. Yo era la que más tiempo libre tenía y para que mi hermana pudiera retomar sus actividades laborales me ofrecí como voluntaria, al igual que Katniss Everdeen, para cuidar a su hija.
No fue nada fácil. Cata lloraba sin descanso. A veces con motivo, a veces sin, y no teníamos la confianza suficiente como para fiarnos la una de la otra. Ni ella se mostraba dispuesta a escucharme, ni yo segura de lograr calmarla.
Así y todo fui descubriendo técnicas para que en vez de que gritara durante una hora consecutiva con los ojos cerrados, me prestara más atención. Así la fui dejando conocerme. Así me fue queriendo conocer. Así me fui reconociendo yo misma. ¿Mi secreto? Mickey Mouse. Creo, de hecho, haber sido la culpable de que casualmente una de sus primeras palabras fuera "Mouse".
Con Catalina creamos un lazo, una conexión, o al menos a mí me gusta creer que es así. No por nada soy su madrina. En más de una ocasión, estando separadas, nos enfermamos las dos a la vez, nos enojamos las dos a la vez, y hasta nos entristecimos las dos a la vez. No hay que minimizar la tristeza de los chicos. Los chicos son puros y sus sentimientos también.
Con la llegada de Catalina yo me fui convirtiendo semana a semana en una persona mejor. Una persona capaz de dejar sus miedos de lado y soltarse ante la adversidad por medio de payasadas y actitudes desvergonzadas. Con Catalina me olvidé de ese sentimiento que te obstruye, como el colesterol a las arterias, y no te deja ser. Con Catalina empecé a ser pero también a estar.
Cuando nació su hermano, Juan Segundo, cumplí con la rutina del llanto, pero yo ya me sentía más preparada. Preparada para cuidarlo, para mimarlo y también para retarlo.
Disfruté de cada visita semanal hasta hace un año, cuando las responsabilidades no me las permitieron más.
Hoy los veo tan grandes que no me alcanzan los recuerdos para intentar entender cómo fue que crecieron tanto en tan poco tiempo. Cosa loca el tiempo. Seis años son seis años acá y en el Congo Belga, sin embargo no corre de la misma manera para todos. Hay que tener cuidado con el tiempo; cuando te querés acordar la vida te toca el hombro y se te caga de risa en la cara. Hay que saber aprovechar el tiempo. Hay que saber avanzar a la par del tiempo. Hay que vivir menos en el pasado y disfrutar más de los ronquidos de tus sobrinos después de leerles en tu cuarto, en una noche de pijamada, su cuento preferido.
Mientras escribo cada tanto giro la cabeza y los miro. El coro de ronquidos sigue, pero no me molesta, me saca sonrisas genuinas. Esas son las que valen oro en esta vida. Juntos me dan algo que nunca nadie me va a poder dar. Juntos me dan un poco de su inocencia diminuta. Juntos nos dejamos llevar. Juntos me transforman en una niña más.

viernes, 25 de noviembre de 2016

- La Lista -

El miércoles pasado, pisando los últimos minutos de mi sesión con mi psicóloga, tomé la mala decisión de cuestionarme respecto a por qué todavía tengo sentimientos buenos por alguien que me lastimó de diversas formas en más de una oportunidad; por lo que muy sutilmente mi querido Pepe Grillo me dio a entender que yo ya no amaba a la persona con la que había compartido -tras dos años y tres meses de relación- sonrisas, llantos, proyectos, besos, caricias, abrazos y hasta sueños en la cama.
Se lo refuté a muerte y a moco tendido. Sin embargo, ella se mantuvo firme en su postura mientras a la par me alcanzaba esa caja de pañuelitos descartables que se viene convirtiendo desde hace casi cinco meses en mi mejor amiga.
Elite. Son pañuelos Elite. Una marca líder porque se instala en tu cabeza haciéndote creer que si vas a llorar, por lo menos que no te duela. Es mentira. Siempre duele.
Después de unos minutos de permitirme calmarme, esta mujer en quien yo vuelco mis sentimientos más profundos, me propuso un desafío: hacerle una lista de cosas que amo de mi ex, en relación a la pareja, a la gente que la rodea y a ella en sí misma.
Al principio me pareció un absurdo. ¿Quién quiere tomar nota de las cosas que ama de alguien que eligió irse de su vida? En definitiva, seguir remarcando las virtudes de la persona que ya no te quiere, es clavarte el puñal vos mismo y hundírtelo para que la herida ya no sea superficial. Lo cierto es que hace rato que esta herida dejó de ser superficial.
Como contrarespuesta sugerí hacer una lista de las cosas que me podrían llevar a dejar de quererla, para finalmente encausarme en la aventura de olvidarla para siempre, aferrándome a lo que ya no quiero ni es bueno para mi vida; pero mi psicóloga me negó con la cabeza y entendí que ese era el fin de la discusión.
Sin importar la claridad de la consigna, y dado que terquedad es mi segundo nombre, decidí hacer las dos listas y contentarnos a las dos. Eso es consensuar.
Cosas que amo de B:
-Su sonrisa.
-Cómo se le achinan los ojos cuando se ríe.
-Su olor.
-Su cuerpo.
-Su suavidad.
-Su risa.
-Su forma de hablar.
-Sus gestos.
-Sus besos.
-Sus abrazos.
-Su amor por los animales.
-Su constancia por sus ideales.
-Su sueño definido.
-Su ímpetu por lograr (aunque le cueste mil tropiezos).
-La paz que me transmitía estando simplemente al lado mío.
-Su manera de tratarme cuando me amaba
Cosas que odio de B:
-Su incapacidad para sociabilizar.
-Su falta de compañerismo en las salidas que yo proponía.
-Su inestabilidad emocional.
-Su impulsividad desmedida.
-Su crudeza.
-Su orgullo.
-Su falta de consenso.
-Su pérdida de interés.
-Su maltrato repentino para marcar distancia.
-Su ambigüedad (con tendencia al egoísmo).
-Su habilidad para buscarme en sus momentos de tristeza y desecharme en sus momentos felices.
-Que ya no me ame más.

Y acá estoy yo. Sentada en un trabajo que no me completa, haciendo una revisión constante para seguir agregando ítems en esta lista infinita del "acabose". ¿Con qué fin? ¿Con qué propósito?
No importa cuántas vueltas le des a la manzana, cuántos motivos agregues y cuánto raciocinio intentes aplicar. Lo único que a fin de cuentas no es infinito, es el amor.

jueves, 24 de noviembre de 2016

- Alguien -

Hay un alguien. Te gusta su mirada, te gusta su sonrisa, te gusta su estilo musical, su humor y cómo enfrenta los golpes de la vida. Incluso te gusta su forma de pensar, cosa que no se da el cien por ciento de las veces. Te gusta y no lo podés evitar.
Cada tanto surge algún intercambio de "me gustas" relativamente ocasional en Facebook. De hecho, sin que dicho alguien tenga idea alguna, a veces publicás posteos para llamar puntualmente su atención; la suya de entre tantos alguienes y no sabe la fortuna que se pierde porque vos misma elegís privar a este alguien de su derecho a saber.
Te sentís sola y te la querés jugar, aunque sabés que no es el momento... Corrección: no es TU momento.
No es tu momento porque cada tanto aparece otra sonrisa, otro alguien, otros ojos achinándose que hacen que tu corazón palpite como con nadie; pero no palpita de alegría, palpita de dolor. Y la vida a veces te exige que duela para reconstruirte y que vuelva a sanar y a sentir cuando se dé la oportunidad.
Entonces relegás. Relegás la posibilidad de tratar. No, no por cobardía. Se requiere de mucho valor para dar un paso al costado y asumir que cada cual tiene su rol en esta vida, y si no es en ésta, será en la siguiente.
Y guardás. Guardás a esa persona -a ese alguien- en algún lugar secreto muy adentro tuyo, donde nadie más la pueda hallar, para una oportunidad especial en que no tengas que forzar, en que puedas disfrutar. Porque a decir verdad, nadie es el Superman de nadie y buscar a alguien por necesidad, es cantado que no te lleva hacia ningún lugar.

martes, 22 de noviembre de 2016

- Paren el mundo, me quiero bajar -

Cuando era chica sentía la ferviente necesidad de parecer grande; claro que no estamos hablando de una apariencia física, sino que mental -siempre me vi rodeada de adultos, quizá esto haya tenido mucho que ver-. Así fue que un día me desperté y dije "es momento de empezar a leer".
Nunca había sido gran amante de la lectura. Sin ir más lejos, la aborrecía. Justamente por eso mismo fue que decidí romper con la barrera del prejuicio gestado por mi propia ignorancia.
Si bien intenté empezar con los poemas de Adolfo Bécquer, no funcionó y entendí instantáneamente que mi ambición era más grande de lo que mi coeficiente intelectual me permitía. Mucho más grande. Y ya que estamos en época de auto sinceramiento, me parece que la franqueza debería de ser fundamental. Así, con ocho años de edad y un metro quince de estatura, agarré por primera vez "El Principito" y empecé a leer.
A la semana, lograda por haberlo terminado, sonreí ingenuamente y me di cuenta de que no había entendido nada. Nada en absoluto. Ni una sola metáfora. A decir verdad creo que todavía no conocía ni el concepto más básico de lo que una metáfora podía llegar a significar.
Una vez más mi intelecto me jugaba una mala pasada.
Frustrada nuevamente por el sabor del fracaso, inspeccioné en mi biblioteca y encontré unos libros coloridos, simpáticos y con dibujos. Por algo tenía que empezar, no importaba qué tan bajo pudiera caer. Es importante entender que para llegar a la cima, los primeros pasos son tan o más vitales que la claridad de la meta.
De esta manera conocí a Mafalda y a su círculo más allegado de gente, y si bien no era el género más maduro al que podía apuntar, a través de Quino empecé a disfrutar de la lectura y a conocer un nuevo significado: el del sarcasmo.
Mafalda era una jovencita perteneciente a una familia de clase media conformada por su papá, su mamá y su hermanito menor, Guille, quien no aparecería hasta después de algunos años de comenzada la tira. A través de su inocencia y pesimismo, esta pequeña se dedicaba a dejar en evidencia, con una perspicacia envidiable, al resto de los personajes, pero principalmente a sus padres. «El sueño del pibe»
Si había algo que me gustaba de Mafalda eran sus latiguillos, y hay uno que recuerdo a la perfección: "¡Paren el mundo! ¡Me quiero bajar!".
De las cientos de frases que podría haber elegido recordar, me quedé con esa, y desde la primera vez que la leí, la empleo en cada ocasión en que siento que todo se colapsa, en que mi vida se desmorona y ya no sé para dónde encarar.
Éste es uno de esos momentos.
Sin embargo, al igual que Mafalda, entiendo que simplemente estoy satirizando la angustia a través de una expresión de deseo inalcanzable; mecanismo de defensa que aprendí ni más ni menos que de ella.
Será por eso que esta semana decidí comenzar a leer Harry Potter, porque leer implica adentrarse en un mundo nuevo y proyectar, ¿y quién no sintió alguna vez esas ganas desesperantes de solucionar sus problemas agitando una varita?
En definitiva, después de diecisiete años, saco en limpio algunas cosas:

  1. Mi nivel de dificultad de lectura no avanzó demasiado.
  2. "El Principito" es, sin duda alguna, mi libro favorito.
  3. Soy una soñadora.
  4. Me desmorono fácilmente.
  5. Uso la lectura y la escritura como escapatoria.
  6. La vida sigue, el mundo no va a parar y yo no me voy a bajar.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

- ¿Analógico o Digital?

Era Diciembre del 2011 y yo ya llevaba un año estudiando Producción de Televisión.
Venir de una familia numerosa de profesionales y graduados de la UBA hace que la decisión de dejarlo todo por un sueño incierto sea una mochila difícil de cargar.
Pese a todo, siempre me consideré bastante audaz. «Sí, la modestia la dejé en casa»
El punto es que pude haber tardado más o menos en tomar tales o cuáles dictámenes que me significaban romper con las estructuras. Así y todo, los tomé.
Mis viejos se habían ido de vacaciones y cuando volvieron me sorprendieron con un regalo inesperado. Una Nikon D90.
Para los que no saben de fotografía, explico breve y superficialmente. Una Nikon D90 es una cámara digital réflex -o DSLR- que si bien aloja las imágenes capturadas en una tarjeta de memoria, te permite "setear" sus configuraciones manualmente, de manera que vos domines a la cámara y no al revés.
Hasta hace poco yo les venía diciendo que mi primera historia de amor había sido con una chica, pero viendo en retrospectiva, esto sin duda fue amor a primera vista.
Con el tiempo fui conociéndola e interpretándola. Cada click se convertía en música para mis oídos y colgada de mi cuello me hizo compañía hasta en los momentos más solitarios y serenos. Así, mi cámara y yo, pasamos las mil y una.
Sin embargo, cuando te vas adentrando en el mundo de la fotografía, surge el principal dilema generado por la rivalidad comercial de las marcas pioneras: Nikon vs. Canon.
Me tomé mi tiempo para meditar sola y en paz, esperando un momento epifánico como lo hice siempre con cada decisión importante de mi vida. Unos años más tarde, me pasé al bando contrario.
Así aprendí a ver la calidez de los colores, de los cielos nublados, de las luces, de las flores, del día y de la noche.
Pasaron los meses y nuevamente mi cámara se convertía en el ente más incondicional de mi vida. Después de todo, era la que eternizaba mis momentos más felices.
El problema de todo fotógrafo es que se pasa una vida retratando su presente, para en un futuro poder apreciar su pasado. «¿Nostalgia? ¿Dónde?»
Un día nada de todo esto bastó. Un día me percaté de que las probabilidades de sacar buenos retratos se reducen cuando la cantidad de fotos a disparar es más acotada. Contradictorio teniendo en cuenta que por lo general, menos es más.
El ser humano necesita desafiarse continuamente para no aburrirse, para crecer, para no caer en la desmotivación de la rutina. ¿Y qué mejor desafío para un fotógrafo que ese?
Así fue como de la cámara digital me pasé a la analógica. Dicen que las modas viejas siempre vuelven, igual que el rulo. De este modo, convertí mi mayor pasión en un reto constante.
La principal característica de una cámara analógica es que básicamente requiere de un rollo. Esto no sólo implica una inversión permanente destinada al revelado de las imágenes, sino que también tenacidad, perseverancia y paciencia. Todavía las estoy trabajando.
Lo arriesgado de esta práctica es que si sale mal, sale mal. El resultado lo ves a largo plazo. No hay suprimir del teclado que valga, y desechar un recuerdo cuesta un poco más.
Suelo pensar que la fotografía analógica funciona igual que las relaciones. No hay una pantalla que te proyecte la imagen congelada. No tenés un resguardo. Te la jugás a todo o nada por un resultado favorable. Es una inversión constante a futuro que puede darte el mayor placer o la frustración más grande. Es el equilibrio entre el desafío y el riesgo incesante. Es incertidumbre. Es pasión. Es amor.
Lo cierto es que a través de la fotografía se puede elegir ser feliz y a través de las relaciones, también.
¿No?

viernes, 16 de septiembre de 2016

- Un arquero de la vida -

Él es Eduardo, Eduardo Juan.
Cuando todavía carecía de uso de razón, me costaba aprenderme el orden de sus nombres. Para mí Juan Eduardo combinaba mejor. El tipo se indignaba, pero con paciencia me explicaba una y otra vez. Siempre con paciencia. Una de sus principales virtudes.
De chica, pasar tiempo con él y con mis tres hermanos mayores -parte del clan Muiño- me convirtió en una salvaje. Los que me conocen se imaginarán que entre el mundo delicado de las Barbies y la ferocidad de embarrarme jugando a la pelota, mis preferencias se inclinaron siempre hacia lo segundo.
Los años pasaron, para todos, pero nosotros nunca dejamos de jugar.
En "El Principito" -mi libro preferido- hay una frase muy conocida que dice que "todas las personas mayores han sido primero niños, pero pocos lo recuerdan".
Hay tres cosas que puntualmente admiro de Eduardo. La primera es que él está repleto de recuerdos que le encanta transmitir, de esos que te ponen los ojos brillosos y la piel de pollo. La segunda es que su niño interior permanece intacto. La tercera: es un arquero de la vida.
Esta foto lo refleja a la perfección.
Mi viejo me enseñó que no importa la distancia, dirección, sentido o intensidad del impacto. En cualquier caso, te parás firme, mirás la pelota, levantás los puños y atajás, para que el golpe no te dé de lleno en la cara. Sólo podés atajar porque otra no queda.
La vida está repleta de pelotazos, de goles en contra, de fracasos, pero si hay algo que aprendí de papá es que sin importar cómo esté el marcador, tarde o temprano se puede pasar a la mitad de la cancha. No hay que bajar los brazos. Sólo hay que saber dar revancha.
Hoy este arquerazo que supo armar su propia selección, anota sus 67.
¡Feliz cumple, capitán!
¡Vamos por más!

miércoles, 7 de septiembre de 2016

- 37 Años -

Que vengan de a uno a decirme que no existe, que no se puede, que no es real.
Lo veo a diario cuando se hablan, cuando se abrazan, cuando se sonríen, cuando se miran a los ojos, cuando se besan, cuando se escuchan e incluso cuando se aguantan.
Eso es lo que me enseñaron. Que una vida de a dos es compañerismo, que ellos mismos son sus mejores amigos -y sin duda también los míos-, y que para caminar a la par, hay que tener ganas de llegar juntos a un mismo lugar.

lunes, 5 de septiembre de 2016

- Ojo con el ojo -

Existe una foto. Una foto de mi ojo. Una foto de mi ojo mirando, contemplando. Un ojo que todo lo ve.
Existe esta foto de mi ojo, que dice más de lo que debiera. Existe aunque a veces no quisiera.
Una foto de mi ojo, que congela un momento. Una foto de mi ojo, que graba en su retina, que eterniza, que detiene el tiempo.
Ojo con el ojo, cuya mirada subjetiviza. Ojo con la retina, que no perdona y tampoco olvida. Ojo con la foto, repleta de píxeles y reflejos rotos.


martes, 30 de agosto de 2016

- Antes y Después -

Dicen que en la vida de toda persona hay un antes y un después. Un momento, un suceso. Un punto de inflexión en el que todo se modifica con un propósito.

Este punto puede ser un qué, un cómo, un cuándo o un quién. En mi caso fue un "ella" inusitado. Y así comienza mi historia.
Antes de ella mi vida no estaba perdida, simplemente un tanto descarriada. Disfrutaba de elementos nocivos para la salud, era de buen beber y me gustaba fumar. ¡Dios! A veces al día de hoy extraño ese pucho mañanero, amigo y traicionero, aquel que me acompañaba a cada paso que daba, en las buenas y en las malas mucho más.
No todo era tan malo. Escuché por ahí que el desordenado dentro de su desorden se entiende. ¿El equilibrio entre tanta fiesta, música y rock & roll? ¡Marche un poco de bicicleta!
Cuando ella apareció, la vida decidió ponerme a prueba una y otra vez. Así tuve que aprender a soportar besos y cachetadas, abrazos y puñaladas. Asumir lo imposible, enfrentarme a todo y a todos, incluyéndome a mí misma. Eso es lo que pasa cuando la sociedad te condena y te enseña que,
si no te sumís a sus reglas
                                       te covertís en un paria
Costó. Mucho. Muchísimo.
El disfrute no fue constante, pero fue intenso. El drama igual. Aunque dicen que nada es eterno. Esto tampoco lo fue.
Así le di otro valor a la vida. Uno que no conocía, uno que recién comenzaba a degustar. Uno cuyo sabor me atrapaba más y más.
Con el tiempo me fui sumergiendo mar adentro en el descontrol de lo nuevo. Entendiendo poco a poco de qué se trata amar. Un mundo completamente desconocido, absorbente y estelar.
La fiesta se fue supliendo con algo distinto. Algo mejor. ¿La bicicleta? Habrá que preguntarles a los amigos de lo ajeno...
Aprendí todo lo que una persona puede aprender al lado de otra. Aprendí incluso a querer contra las reglas y en secreto, aunque un día dejé de necesitar jugar a las escondidas. Ahí fue cuando fui capaz de ventilar y de gritar a los cuatro vientos que me había enamorado de una mujer. Sí, una mujer, como yo.
Enfrenté a todos y a todas. Me aceptaron. Me acepté -ésta fue la parte más difícil. Y entonces disfruté. Un disfrute que resultó ser intenso pero fugaz, aunque esta estrella no me dio lugar a pedir un último deseo.
Un filósofo de la música dice que las despedidas son esos dolores dulces. Quizá en un tiempo logre verlo así. De momento mi paladar se ha tomado vacaciones sin goce de sueldo.
Ahora es cuando mi presente se convierte en el después. Ese después que uno nunca está listo para enfrentar. Ese después que te abofetea de un lado y te obliga a poner la otra mejilla para -claro- volver a abofetearte del otro. Ese después en el que tu agenda está cargada de actividades que para nada querías realizar; plagado de recuerdos que hieren un poco más.
La mochila es muy pesada, las dos cuadras se elevan a la enésima potencia y levantarte es una acción cuyo paso a paso analizás meticulosamente. «Un pie, el otro pie, y así sucesivamente»
Ya no hay fiesta. Ya no hay pucho. Ya no hay bicicleta. Ya no hay amor.
Habrá que tirar para adelante y simplemente esperar a que la vida sorprenda con otro punto de inflexión.

lunes, 29 de agosto de 2016

- Imprescindible -

Cuentan los rumores que del polvo venimos y al polvo vamos. Que llegamos a este mundo solos y nos vamos del mismo modo. Que todos somos autosuficientes. Que nadie es imprescindible en la vida de nadie.
Sin embargo, yo no soy muy amiga del parafraseo. Por el contrario, soy de las que prefieren llevarse sus chascos y descubrir en el camino su propia verdad.
Una verdad que casualmente les quiero compartir.
Hace algunos años, conocí a una persona única. Una persona que me acompañó en las buenas y en las malas. Una persona de la cual aprendí, aprendo y aprenderé los valores más lindos de la vida. Alguien que da sin esperar recibir nada a cambio. Una persona a la que en más de una oportunidad defraudé y siempre aceptó mis sinceras disculpas, porque su corazón es tan enorme que todos en comparación nos quedamos chiquititos.
Ella es Nerea, mi mejor amiga. La hermana que la vida me dio a elegir. El ser humano más leal que conozco. Quien deja de lado aquello que está haciendo para leerte, escucharte, aconsejarte -aunque si debe, retarte- o simplemente estar en silencio, pero estar.
No vino a este mundo con un manual debajo del brazo, simplemente lo lleva en su esencia, y lo que no, lo aprende bajo la marcha.
No es un ser sobrenatural. Si la lastiman, sangra. Es transparente. Es humana. Lo que significa que también se puede equivocar, como cualquiera -y de hecho lo hace-, pero lejos está de ser cualquiera, porque ella es mi persona imprescindible.
Muchos podrán discernir, pero aquí es donde está la cuestión: no es que no pueda vivir sin ella lo que la convierte en ese alguien tan especial, sino que sencillamente no quiero hacerlo.
No es cómo es lo importante, sino quién es para mí.
En lo que va del último mes entendí que no se puede escupir para arriba, que es importante ser constante, que las relaciones se cuidan, que la paciencia se trabaja, que al orgullo se renuncia, que ceder es un cincuenta-cincuenta y que si te toca perder es porque a fin de cuentas no tenía que ser.
Lo ves claro cuando tenés gente a tu alrededor que tira para el mismo lado.
Escuché por ahí que nuestros amigos se nos parecen. No sé si sea cierto o no, pero me gusta creer que sí. Me gusta pensar que algún día voy a poder ser al menos una cuarta parte de lo que ella es.
Espero que todos corran con mi misma suerte de tener una Nerea dando vueltas por ahí.

viernes, 26 de agosto de 2016

- Las diferencias de un te amo -

No es novedad para ustedes saber que en lo que va del último mes me volví monotemática por cuestiones lógicas y de índole sentimental. Paradójico teniendo en cuenta que los sentimientos carecen de razón.
Sin embargo, como dicen por ahí, el público se renueva así que simplificaré todo en dos simples palabras: fui dejada.
De ahí para abajo, se imaginarán cómo sigue el resto
de no ser así, están invitados a sumirse en las reflexiones más depresivas y nostálgicas de todos los tiempos desde que este blog ha visto la luz.
Entenderán cuando les digo que he descargado rabia y tristeza hasta con las plantas, y algunas de ellas me hicieron los comentarios más acertados, aunque otras me sorprendieron con su inoportunidad; aunque la opinión que más me llamó la atención sin duda todavía resuena en las profundidades de mis tímpanos.
"Quizá te ama de otra manera" 
¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? ¡¿Por qué?! ¡No, no, no, no y NO!
Entiendo que haya distintas clases de amores. Entiendo que no se ame igual a una pareja que a un padre, a un hermano, a un perro o a un gato. Pero me rehuso a secundar semejante necedad.
¿Cuál es esa otra manera de amar que desconozco? ¿Acaso yo di mucho y tenía que dar menos? ¿Acaso me tenía que conformar? No existe otra manera de amar. O se ama o no se ama, y cuando una de las partes deja de ir a la par, ya no da para más. «Y no dio para más» 

¿Cuáles son las diferencias de un te amo 
                 cuando no hay contra qué diferir?
Algunas cosas que paso en limpio y que el tiempo y la distancia me están haciendo entender...
  • La persona que te ama, no te deja. 
  • La persona que te ama, no te lastima. 
  • La persona que te quiere hablar, te habla. Y la persona que te ama, definitivamente te quiere hablar. 
  • Por último y no por esto menos importante, la persona que te extraña, no necesariamente te ama.
No importa lo mucho que le quieras o hayas querido creer. No importa lo muy negador que seas o enceguecido que estés. Hay una regla básica para el amor: se demuestra con hechos, y no con palabras. «Y cuando los hechos no alcanzan...»
Lo digo con conocimiento de causa. Lo digo porque ahora lo entiendo, y para entenderlo tuve que, inevitablemente, alguna vez dejar y alguna vez haber sido dejada.
Pasar por todas las instancias te hace ver las dos caras de la moneda. Te hace ver que lo que sufrís hoy, ayer alguien lo sufrió por vos.
Quizá ya no tenga que ver con el karma. Quizá ya no se trate de equiparar situaciones.
A esta altura del partido, quizá haya que cargarnos de paciencia, seguir tirando la moneda y dejarlo todo librado al azar.
Como dijo alguna vez un sabio y buen amigo mío: cara, sale bien.

lunes, 15 de agosto de 2016

- ROTO -

Estoy rota. Se encargó de romperme casi que sin proponérselo. Así y todo se sacó un muy bien diez felicitado. Quizá si se lo hubiese puesto como meta, no le hubiera salido así de bien.
                                Soy como un vaso partido en mil pedazos.
Me empecé a romper desde el momento en que todo se tornó turbio. Me rompí en cada oportunidad en que traté en vano. Pero, ¿qué más podía hacer?
Me rompí desde la vez en que me dijo que quería estar con otras personas… Viendo en retrospectiva, ¿cómo es que consideré que seguir podía llegar a ser la mejor opción? Sospecho que con el diario del lunes cualquiera es capaz de tomar una buena decisión.
Me volví a romper cuando me dijo que todo era muy monótono. ¿Acaso me tenía que disfrazar y salir a hacer de bufón pintando un mundo de colores?
Me rompí por tercera vez cuando marcó distancia porque necesitaba su propio espacio. Espacio que ciertamente yo no le invadía por motus propio, sino que por los ritmos que me marcaba. Ritmos que marcó desde que empezamos a salir. Ritmos que permití que me marcara.
Fui su marioneta y me moví a su antojo. Ver esto también me rompe. Ver que aporté en cada instancia para romperme y que contribuí con mi porcentaje de culpa, me rompe más y más. Supongo que así funcionan las relaciones. Los aciertos y desaciertos siempre son compartidos.
Pero lo bueno de ver las grietas es que inevitablemente no queda más alternativa que arremangarte y salir a pegar parte por parte, cristal por cristal.
Y a diario me pregunto,
                           ¿qué chances hay de reparar un vaso astillado y que no derrame su contenido 
                  a través de sus rajaduras?
Casi que ninguna. Aunque posiblemente ya no se trate de restaurar una pieza a cero, sino que de convivir con las marcas y finalmente asumir que las cicatrices son parte de aprender pero principalmente de vivir.

sábado, 13 de agosto de 2016

- Vos Podés -

Vos podés...
Podés rehusarte a leerme. 
Podés ignorarme. 
Podés hasta bloquearme
Podés enojarte porque todavía intento ayudarte.
Podés dejar de contactarme. 
Podés detestarme, porque es la salida más fácil.
Podés distraerte, e incluso aventurarte en los fallidos intentos de reemplazarme.
Podés disfrutar a corto plazo de las superficialidades que otras personas te brinden.
Podés hacer un sinfín de cosas para desprenderte de mí, pero nunca vas a poder olvidarme.

miércoles, 10 de agosto de 2016

- ¡A bailar! -

Hace poco más de dos años, mi vida era un laberinto sin salida. O al menos mi cabeza parecía tomárselo así.
En vez de apreciar lo que el destino me deparaba, decidí repreguntarme una y otra vez de manera incesante, si estaba caminando el camino correcto. Aunque eso implicara prejuzgarme.
Tan especiales somos, que en lugar de disfrutar y zambullirnos en la pileta de la felicidad sin dudar, nos cuestionamos hasta asegurarnos de estar tomando una buena decisión.
Como si la vida fuese estática. Como si todo se congelara en un determinado tiempo y espacio. Como si no evolucionáramos continuamente. Como si dos años más tarde no fuéramos a cambiar de parecer.
Hoy puedo ver que si en lugar de haberme cuestionado tanto, hubiera activado antes de tiempo, mi alegría hubiera tenido unos días más de changüí.
                              ¿De qué sirve lamentarse?
Tengo veinticinco años, dos tatuajes y unos cuántos más en mente. El primero me lo hice a mis veintiuno. El segundo a mis ventitrés. ¿Cómo saber si a mis ochenta me arrepentiré? 
Quizá me convierta en una persona amargada. Tal vez sea una vieja canchera con bastón, dibujos en la piel, y algún que otro problema de salud. Pero...
                                            ¿quién me quita lo bailado?
Eso es la vida. Un baile.
Hoy, dos años más tarde, puedo ver que quiero más días de changüí. Los que sea posible arrebatarle a ese laberinto bailantero.
Por lo visto, no me queda otra más que bailar y salir a dar mi mejor performance.

martes, 26 de julio de 2016

- La Cruda Verdad (Tips) -

¿Estás pasando por una ruptura amorosa? ¿Sentís tu corazón un poquito hecho pedazos?
Espero que no estés corriendo con mi misma suerte, pero de ser así, tengo algunos consejos para vos, para que el proceso te resulte más llevadero, o al menos para poder afrontar con altura la cruda verdad.

  1. Como verás, el primero sin duda es escribir. Escribí hasta el cansancio. Escribí hasta que no te den más los sentimientos. Escribí sin parar. Escribí cartas que nunca vas a mandar. No te guardes ningún sentimiento. Volcalos todos en una hoja, cuando puedas y como puedas. No importa que sean palabras o expresiones sin sentido, lo importante es extraerlos de raíz. Lamentablemente, querido amigo, debo decirte que las raíces se multiplican. Paciencia.
  2. Llorá. Llorá a mares. No tengas miedo de secarte. No va a pasar. Las lágrimas, mágicamente, son infinitas. Si estás mal no te mientas a vos mismo. Podés tener momentos de distracción, pero esto también es parte de no guardarte sentimientos. Sino el día que estalles, vas a generar un tsunami irreparable.
  3. Vas a pasar por todos los estados. Sí, todos. Tristeza, ira, angustia, alivio, dolor, enojo... Tanto para con vos como para con el otro. Vas a querer volver, aunque eso implique no tener amor propio. Vas a preocuparte por el futuro. Vas a querer que un clavo saque otro clavo. Tiempo al tiempo. No sirve forzarte.
  4. Aferrate a la gente que te quiere. Estar solo después de compartir tus días constantemente junto a otra persona a la que le confiaste todo no es jamás un buen extremo. Llorá, insultá y derrapá a su lado. Atosigalos. Por algo son tus amigos. Si no están con vos en este momento acompañándote en todos tus estados o soportando tu inestabilidad emocional, no son verdaderos amigos.
  5. Hablá con todos, las veces que lo necesites, aunque suenes repetitivo. En lo personal, he llegado a hablar con gente a la que no pensé que llegaría a recurrir. Me sirvió. Funciona como método de descarga. Es tener psicólogos constantes, gente que te dice "yo te entiendo". Con eso a veces alcanza.
  6. Callá. Hay momentos en que no vas a querer hablar de lo que pasó. Es cuestión de encontrar el equilibrio entre lo que vos necesitás y lo que a veces conviene, ya te vas a ir dando cuenta.
  7. Vas a odiar todas las frases cliché que resuenan post ruptura amorosa. Es indignante que en la era de la comunicación 3.0 no exista una alternativa mágica y efectiva para dejar de sufrir. No querés una solución a largo plazo. Algo que dependa del tiempo, de la paciencia, de soportar el dolor para hacerte más fuerte y blablabla. Lamento decirte, son reales. Yo también las odio. Deberían estar prohibidas por ley. Es lo que hay.
  8. Pedile a tus amigos que te obliguen a hacer actividades. Vos, por tu cuenta, no vas a querer. El desgano es supremo. No es que no querés, es que soltar el dolor, paradójicamente, duele. Cuesta dejar de sufrir por la separación de la persona que uno ama. Es asumir que lo que pasó, es irreversible. No tiene vuelta atrás. Es dejar las esperanzas de lado. Es pasar página y uno no quiere pasar página de la historia que lo marcó.
  9. Esto no se va a solucionar pronto. Vas a estar muchísimo tiempo más así. El primer mes es el más duro. Los días de lluvia van a ser los peores. Los lugares que recorrieron juntos van a jugarte malas pasadas. Las canciones cuyas letras antes pasaban desapercibidas, hoy te van a destruir. Lo único que te puedo aconsejar, es que no te tortures por motus propio.
  10. Vas a perder tu autoestima y tu seguridad. No te puedo mentir, es lo último que vas a recuperar.
  11. Por último y de hecho más importante que todo lo que te acabo de sugerir: no le hagas caso a nadie. Vas a vivir tus propias experiencias. Vas a cometer cientos de errores. Es tu momento para hacerlo. Las rupturas, lamentablemente, son un vale todo. No sirve que pirulo, fulano o mengano te digan qué hacer. Podés guiarte por sus consejos, pero no necesariamente seguirlos a rajatabla. Seguramente ni ellos mismos predican con el ejemplo. Ya bastante con todo lo que te pasa como para obligarte a hacer lo que los demás te dicen. Si le querés escribir y como a mí, te duele la piel por no hacerlo, posiblemente lo hagas igual. Cada pareja es un mundo, cada despareja lo es más. Sólo ustedes se conocen. Quizá esto a veces te haga estar en paz.
No tengo idea de cuál es tu historia. Tampoco sé si fuiste quien dejó o fuiste el dejado (aunque es mil veces más fácil dejar). Escribo esto porque estoy proyectando, así que realmente espero que te sirva a vos, pero que también me sirva a mí.
En unos meses te cuento.


sábado, 23 de julio de 2016

- Ave Fénix -

Angustia. Dolor en el pecho. Falta de aire. Así empieza la catástrofe. Cuando te dicen que no va más y realmente no-va-más.
¿Qué duele más? ¿Los años compartidos fracasados? ¿El futuro incierto? ¿La tristeza? ¿La soledad repentina? ¿Querer seguir pese a todo lo malo? ¿La escasez de amor propio? ¿Que te obliguen a dejar de amar? ¿Que no te amen en igual medida? ¿Que te saquen la venda de los ojos? ¿Querer seguir pese a todo lo malo? <<Ah, eso ya lo dije>>
Todo. Es toda una enorme bola de dolor. Todo duele por igual. Todo se convierte en una punzada que te abre de adentro hacia afuera, como una cirugía a corazón abierto. Así es como lo siento.
Siento el corazón al rojo vivo. Siento un nudo en la garganta que me trago cada vez que me levanto, cada vez que me lavo los dientes, cada vez que trabajo, como, duermo, vivo. Y vivo como puedo, aunque por momentos sienta que ya no quiero más.
Pero cuando todo quema, cuando todo arde, la única opción es resurgir de las cenizas, como el ave Fénix, y llorar con el fin de limpiar, con el fin de curar.
Después de todo, tarde o temprano,
se puede volver a aprender a volar.

lunes, 18 de julio de 2016

- Conocí a una persona... -

Conocí a una persona que siempre hizo lo que quiso. Que se la jugó por cada sentimiento, aunque un día fuera uno y al otro ya no fuera.
Una persona a la que no puedo juzgar porque me enseñó más de lo que imagino y hasta yo heredé algunas de sus cualidades, tanto buenas como malas.
Conocí a una persona que me cambió la vida, para bien y para mal. Que me hizo el ser más feliz de este planeta y me arrebató toda esa felicidad en un segundo.
Eso es lo que pasa cuando le das suficiente poder a alguien como para destruirte, cuando le entregás tu todo y te convertís en su nada.
Conocí a una persona, aunque creo que ya no la conozco más.

domingo, 17 de julio de 2016

- Fecha de Vencimiento -

Cuando empezás una relación, nunca creés que va a tener fecha de caducidad. Arrancás de cero, lleno de expectativas, lleno de ilusiones, esperanzas y proyectos. Arrancás con alegría y euforia.
Son sentimientos que no olvido, que todavía tengo frescos.
Hoy me pasan como flashes. Uno tras otro.
La primera mirada, un flechazo total. Las caricias que jamás creí que sabría dar. Los besos, los abrazos, los mensajes, el primer te amo, las risas, los regalos de cada aniversario, las canciones que compartimos, los lugares, los paseos, cada salida. Todos forman parte de un código único, irrepetible e inolvidable.
Todos quisiéramos de antemano contar con una bola de cristal que nos asegure un futuro a la par, un camino de a dos. La certeza de que no le estamos pifiando.
La incertidumbre del no saber pesa tanto que a veces te come por dentro. Y cuando  todo se empieza a desmoronar, cuando se avecina eso que tanto temías, ya no hay tu tía que te pueda salvar.
Y llega. Vivís el derrumbe. Ves cómo tu piso se desmorona. Mirás hacia atrás y la avalancha de recuerdos no deja de jugarte malas pasadas.
Hay días mejores y días peores. Días en que entendés que todo pasa por algo y que pese a lo malo, creciste, o al menos es lo único reconfortante de lo que uno mínimamente se puede agarrar. Días en que quisieras volver el tiempo atrás a ese momento donde todavía les saltaba el corazón y días en que desearías no haber vivido nada.
Lamentablemente nada es tan mágico como parece y el amor no es una ciencia exacta.
Las relaciones no son como envases, con una aclaración de antemano, una advertencia que te indica que todo tiene un final, con precisión de día, mes y año, porque en ese caso, ¿quién se la jugaría por amor?