miércoles, 28 de septiembre de 2016

- ¿Analógico o Digital?

Era Diciembre del 2011 y yo ya llevaba un año estudiando Producción de Televisión.
Venir de una familia numerosa de profesionales y graduados de la UBA hace que la decisión de dejarlo todo por un sueño incierto sea una mochila difícil de cargar.
Pese a todo, siempre me consideré bastante audaz. «Sí, la modestia la dejé en casa»
El punto es que pude haber tardado más o menos en tomar tales o cuáles dictámenes que me significaban romper con las estructuras. Así y todo, los tomé.
Mis viejos se habían ido de vacaciones y cuando volvieron me sorprendieron con un regalo inesperado. Una Nikon D90.
Para los que no saben de fotografía, explico breve y superficialmente. Una Nikon D90 es una cámara digital réflex -o DSLR- que si bien aloja las imágenes capturadas en una tarjeta de memoria, te permite "setear" sus configuraciones manualmente, de manera que vos domines a la cámara y no al revés.
Hasta hace poco yo les venía diciendo que mi primera historia de amor había sido con una chica, pero viendo en retrospectiva, esto sin duda fue amor a primera vista.
Con el tiempo fui conociéndola e interpretándola. Cada click se convertía en música para mis oídos y colgada de mi cuello me hizo compañía hasta en los momentos más solitarios y serenos. Así, mi cámara y yo, pasamos las mil y una.
Sin embargo, cuando te vas adentrando en el mundo de la fotografía, surge el principal dilema generado por la rivalidad comercial de las marcas pioneras: Nikon vs. Canon.
Me tomé mi tiempo para meditar sola y en paz, esperando un momento epifánico como lo hice siempre con cada decisión importante de mi vida. Unos años más tarde, me pasé al bando contrario.
Así aprendí a ver la calidez de los colores, de los cielos nublados, de las luces, de las flores, del día y de la noche.
Pasaron los meses y nuevamente mi cámara se convertía en el ente más incondicional de mi vida. Después de todo, era la que eternizaba mis momentos más felices.
El problema de todo fotógrafo es que se pasa una vida retratando su presente, para en un futuro poder apreciar su pasado. «¿Nostalgia? ¿Dónde?»
Un día nada de todo esto bastó. Un día me percaté de que las probabilidades de sacar buenos retratos se reducen cuando la cantidad de fotos a disparar es más acotada. Contradictorio teniendo en cuenta que por lo general, menos es más.
El ser humano necesita desafiarse continuamente para no aburrirse, para crecer, para no caer en la desmotivación de la rutina. ¿Y qué mejor desafío para un fotógrafo que ese?
Así fue como de la cámara digital me pasé a la analógica. Dicen que las modas viejas siempre vuelven, igual que el rulo. De este modo, convertí mi mayor pasión en un reto constante.
La principal característica de una cámara analógica es que básicamente requiere de un rollo. Esto no sólo implica una inversión permanente destinada al revelado de las imágenes, sino que también tenacidad, perseverancia y paciencia. Todavía las estoy trabajando.
Lo arriesgado de esta práctica es que si sale mal, sale mal. El resultado lo ves a largo plazo. No hay suprimir del teclado que valga, y desechar un recuerdo cuesta un poco más.
Suelo pensar que la fotografía analógica funciona igual que las relaciones. No hay una pantalla que te proyecte la imagen congelada. No tenés un resguardo. Te la jugás a todo o nada por un resultado favorable. Es una inversión constante a futuro que puede darte el mayor placer o la frustración más grande. Es el equilibrio entre el desafío y el riesgo incesante. Es incertidumbre. Es pasión. Es amor.
Lo cierto es que a través de la fotografía se puede elegir ser feliz y a través de las relaciones, también.
¿No?

viernes, 16 de septiembre de 2016

- Un arquero de la vida -

Él es Eduardo, Eduardo Juan.
Cuando todavía carecía de uso de razón, me costaba aprenderme el orden de sus nombres. Para mí Juan Eduardo combinaba mejor. El tipo se indignaba, pero con paciencia me explicaba una y otra vez. Siempre con paciencia. Una de sus principales virtudes.
De chica, pasar tiempo con él y con mis tres hermanos mayores -parte del clan Muiño- me convirtió en una salvaje. Los que me conocen se imaginarán que entre el mundo delicado de las Barbies y la ferocidad de embarrarme jugando a la pelota, mis preferencias se inclinaron siempre hacia lo segundo.
Los años pasaron, para todos, pero nosotros nunca dejamos de jugar.
En "El Principito" -mi libro preferido- hay una frase muy conocida que dice que "todas las personas mayores han sido primero niños, pero pocos lo recuerdan".
Hay tres cosas que puntualmente admiro de Eduardo. La primera es que él está repleto de recuerdos que le encanta transmitir, de esos que te ponen los ojos brillosos y la piel de pollo. La segunda es que su niño interior permanece intacto. La tercera: es un arquero de la vida.
Esta foto lo refleja a la perfección.
Mi viejo me enseñó que no importa la distancia, dirección, sentido o intensidad del impacto. En cualquier caso, te parás firme, mirás la pelota, levantás los puños y atajás, para que el golpe no te dé de lleno en la cara. Sólo podés atajar porque otra no queda.
La vida está repleta de pelotazos, de goles en contra, de fracasos, pero si hay algo que aprendí de papá es que sin importar cómo esté el marcador, tarde o temprano se puede pasar a la mitad de la cancha. No hay que bajar los brazos. Sólo hay que saber dar revancha.
Hoy este arquerazo que supo armar su propia selección, anota sus 67.
¡Feliz cumple, capitán!
¡Vamos por más!

miércoles, 7 de septiembre de 2016

- 37 Años -

Que vengan de a uno a decirme que no existe, que no se puede, que no es real.
Lo veo a diario cuando se hablan, cuando se abrazan, cuando se sonríen, cuando se miran a los ojos, cuando se besan, cuando se escuchan e incluso cuando se aguantan.
Eso es lo que me enseñaron. Que una vida de a dos es compañerismo, que ellos mismos son sus mejores amigos -y sin duda también los míos-, y que para caminar a la par, hay que tener ganas de llegar juntos a un mismo lugar.

lunes, 5 de septiembre de 2016

- Ojo con el ojo -

Existe una foto. Una foto de mi ojo. Una foto de mi ojo mirando, contemplando. Un ojo que todo lo ve.
Existe esta foto de mi ojo, que dice más de lo que debiera. Existe aunque a veces no quisiera.
Una foto de mi ojo, que congela un momento. Una foto de mi ojo, que graba en su retina, que eterniza, que detiene el tiempo.
Ojo con el ojo, cuya mirada subjetiviza. Ojo con la retina, que no perdona y tampoco olvida. Ojo con la foto, repleta de píxeles y reflejos rotos.