domingo, 27 de noviembre de 2016

- Inocencia Diminuta -

Hoy es noche de pijamada. Venía desde hacía una semana mentalizándome al respecto, pensando en lo revitalizante que podría llegar a ser. Los chicos tienen siempre una energía avasallante y tenés dos opciones: desgastarte o recargarte. A mí obviamente me venía bien la segunda.
Las cosas no me salieron exactamente según lo planeado. Tuve un día nefasto. Está bien, me gusta dramatizar, pero no fue el mejor de mis días del 2016, aunque si me pongo a pensar en líneas generales tampoco fue un buen año, pero la vengo piloteando para salir de la mala racha.
La idea era disfrutar plenamente de mis sobrinos pero la noche anterior cometí el error de irme a dormir tarde sabiendo que al día siguiente tenía que madrugar para ganarme el pan de cada día. Bendito sistema capitalista que te hace depender de una moneda para lograr cosas que resultan cada vez más inalcanzables. Y ahí estás, corriendo una carrera interminable, siempre en el último lugar. En definitiva, uno ahorra a futuro consumiendo así su presente.
¿En qué momento es que decidimos dejar atrás a nuestro niño interior y sumirnos en una madurez cargada de responsabilidades y preocupaciones? La vida de los adultos no debería ser así.
Después de una jornada laboral aburrida y poco demandante me tocó escuchar las quejas insolentes de mi sobrina mayor y, reconozco mi error con una mano en el corazón, no tuve la tolerancia suficiente. Tiene seis años y yo veinticinco. Sin embargo yo hoy parecía de cuatro.
Catalina nació en el 2010. Su edad va con el año. Carga en su nombre la herencia de mi abuela paterna, a quien no tuve la suerte de conocer, pero tengo entendido que fue una persona excepcional, de esas que se extrañan todos los días.
Todavía me acuerdo como si hubiera sido ayer el día que me enteré de que mi hermana mayor iba a ser mamá. El miércoles 13 de Enero de 2010 Andrea llegó y me desayuné la noticia con los ojos cubiertos de lágrimas que buscaban salir como una de esas lluvias torrenciales que inundan todo Buenos Aires.
Recuerdo haberles escrito una carta a ella y a mi cuñado felicitándolos y agradeciéndoles por el nuevo rango jerárquico que me otorgaban.
El tiempo pasó y Cata nació un primero de Septiembre. Cuando me llamó mi mamá para darme la noticia yo estaba en el baño. No era el mejor momento para responder un llamado telefónico. Así y todo atendí. Nuevamente el llanto irrumpió en mi puerta. ¿Qué puedo decir? Soy una persona sensible.
Al principio me daba miedo cargarla. Me daba pánico. No me sentía capaz. Después de mí, no había habido ningún otro bebé en la familia. Claramente me significaba toda una novedad. Mis hermanos estaban tan cancheros haciéndole monerías que a mí me resultaba hasta envidiable.
Con el correr de los meses no me quedó otra alternativa más que adaptarme a lo nuevo y dejarme llevar. Yo era la que más tiempo libre tenía y para que mi hermana pudiera retomar sus actividades laborales me ofrecí como voluntaria, al igual que Katniss Everdeen, para cuidar a su hija.
No fue nada fácil. Cata lloraba sin descanso. A veces con motivo, a veces sin, y no teníamos la confianza suficiente como para fiarnos la una de la otra. Ni ella se mostraba dispuesta a escucharme, ni yo segura de lograr calmarla.
Así y todo fui descubriendo técnicas para que en vez de que gritara durante una hora consecutiva con los ojos cerrados, me prestara más atención. Así la fui dejando conocerme. Así me fue queriendo conocer. Así me fui reconociendo yo misma. ¿Mi secreto? Mickey Mouse. Creo, de hecho, haber sido la culpable de que casualmente una de sus primeras palabras fuera "Mouse".
Con Catalina creamos un lazo, una conexión, o al menos a mí me gusta creer que es así. No por nada soy su madrina. En más de una ocasión, estando separadas, nos enfermamos las dos a la vez, nos enojamos las dos a la vez, y hasta nos entristecimos las dos a la vez. No hay que minimizar la tristeza de los chicos. Los chicos son puros y sus sentimientos también.
Con la llegada de Catalina yo me fui convirtiendo semana a semana en una persona mejor. Una persona capaz de dejar sus miedos de lado y soltarse ante la adversidad por medio de payasadas y actitudes desvergonzadas. Con Catalina me olvidé de ese sentimiento que te obstruye, como el colesterol a las arterias, y no te deja ser. Con Catalina empecé a ser pero también a estar.
Cuando nació su hermano, Juan Segundo, cumplí con la rutina del llanto, pero yo ya me sentía más preparada. Preparada para cuidarlo, para mimarlo y también para retarlo.
Disfruté de cada visita semanal hasta hace un año, cuando las responsabilidades no me las permitieron más.
Hoy los veo tan grandes que no me alcanzan los recuerdos para intentar entender cómo fue que crecieron tanto en tan poco tiempo. Cosa loca el tiempo. Seis años son seis años acá y en el Congo Belga, sin embargo no corre de la misma manera para todos. Hay que tener cuidado con el tiempo; cuando te querés acordar la vida te toca el hombro y se te caga de risa en la cara. Hay que saber aprovechar el tiempo. Hay que saber avanzar a la par del tiempo. Hay que vivir menos en el pasado y disfrutar más de los ronquidos de tus sobrinos después de leerles en tu cuarto, en una noche de pijamada, su cuento preferido.
Mientras escribo cada tanto giro la cabeza y los miro. El coro de ronquidos sigue, pero no me molesta, me saca sonrisas genuinas. Esas son las que valen oro en esta vida. Juntos me dan algo que nunca nadie me va a poder dar. Juntos me dan un poco de su inocencia diminuta. Juntos nos dejamos llevar. Juntos me transforman en una niña más.

viernes, 25 de noviembre de 2016

- La Lista -

El miércoles pasado, pisando los últimos minutos de mi sesión con mi psicóloga, tomé la mala decisión de cuestionarme respecto a por qué todavía tengo sentimientos buenos por alguien que me lastimó de diversas formas en más de una oportunidad; por lo que muy sutilmente mi querido Pepe Grillo me dio a entender que yo ya no amaba a la persona con la que había compartido -tras dos años y tres meses de relación- sonrisas, llantos, proyectos, besos, caricias, abrazos y hasta sueños en la cama.
Se lo refuté a muerte y a moco tendido. Sin embargo, ella se mantuvo firme en su postura mientras a la par me alcanzaba esa caja de pañuelitos descartables que se viene convirtiendo desde hace casi cinco meses en mi mejor amiga.
Elite. Son pañuelos Elite. Una marca líder porque se instala en tu cabeza haciéndote creer que si vas a llorar, por lo menos que no te duela. Es mentira. Siempre duele.
Después de unos minutos de permitirme calmarme, esta mujer en quien yo vuelco mis sentimientos más profundos, me propuso un desafío: hacerle una lista de cosas que amo de mi ex, en relación a la pareja, a la gente que la rodea y a ella en sí misma.
Al principio me pareció un absurdo. ¿Quién quiere tomar nota de las cosas que ama de alguien que eligió irse de su vida? En definitiva, seguir remarcando las virtudes de la persona que ya no te quiere, es clavarte el puñal vos mismo y hundírtelo para que la herida ya no sea superficial. Lo cierto es que hace rato que esta herida dejó de ser superficial.
Como contrarespuesta sugerí hacer una lista de las cosas que me podrían llevar a dejar de quererla, para finalmente encausarme en la aventura de olvidarla para siempre, aferrándome a lo que ya no quiero ni es bueno para mi vida; pero mi psicóloga me negó con la cabeza y entendí que ese era el fin de la discusión.
Sin importar la claridad de la consigna, y dado que terquedad es mi segundo nombre, decidí hacer las dos listas y contentarnos a las dos. Eso es consensuar.
Cosas que amo de B:
-Su sonrisa.
-Cómo se le achinan los ojos cuando se ríe.
-Su olor.
-Su cuerpo.
-Su suavidad.
-Su risa.
-Su forma de hablar.
-Sus gestos.
-Sus besos.
-Sus abrazos.
-Su amor por los animales.
-Su constancia por sus ideales.
-Su sueño definido.
-Su ímpetu por lograr (aunque le cueste mil tropiezos).
-La paz que me transmitía estando simplemente al lado mío.
-Su manera de tratarme cuando me amaba
Cosas que odio de B:
-Su incapacidad para sociabilizar.
-Su falta de compañerismo en las salidas que yo proponía.
-Su inestabilidad emocional.
-Su impulsividad desmedida.
-Su crudeza.
-Su orgullo.
-Su falta de consenso.
-Su pérdida de interés.
-Su maltrato repentino para marcar distancia.
-Su ambigüedad (con tendencia al egoísmo).
-Su habilidad para buscarme en sus momentos de tristeza y desecharme en sus momentos felices.
-Que ya no me ame más.

Y acá estoy yo. Sentada en un trabajo que no me completa, haciendo una revisión constante para seguir agregando ítems en esta lista infinita del "acabose". ¿Con qué fin? ¿Con qué propósito?
No importa cuántas vueltas le des a la manzana, cuántos motivos agregues y cuánto raciocinio intentes aplicar. Lo único que a fin de cuentas no es infinito, es el amor.

jueves, 24 de noviembre de 2016

- Alguien -

Hay un alguien. Te gusta su mirada, te gusta su sonrisa, te gusta su estilo musical, su humor y cómo enfrenta los golpes de la vida. Incluso te gusta su forma de pensar, cosa que no se da el cien por ciento de las veces. Te gusta y no lo podés evitar.
Cada tanto surge algún intercambio de "me gustas" relativamente ocasional en Facebook. De hecho, sin que dicho alguien tenga idea alguna, a veces publicás posteos para llamar puntualmente su atención; la suya de entre tantos alguienes y no sabe la fortuna que se pierde porque vos misma elegís privar a este alguien de su derecho a saber.
Te sentís sola y te la querés jugar, aunque sabés que no es el momento... Corrección: no es TU momento.
No es tu momento porque cada tanto aparece otra sonrisa, otro alguien, otros ojos achinándose que hacen que tu corazón palpite como con nadie; pero no palpita de alegría, palpita de dolor. Y la vida a veces te exige que duela para reconstruirte y que vuelva a sanar y a sentir cuando se dé la oportunidad.
Entonces relegás. Relegás la posibilidad de tratar. No, no por cobardía. Se requiere de mucho valor para dar un paso al costado y asumir que cada cual tiene su rol en esta vida, y si no es en ésta, será en la siguiente.
Y guardás. Guardás a esa persona -a ese alguien- en algún lugar secreto muy adentro tuyo, donde nadie más la pueda hallar, para una oportunidad especial en que no tengas que forzar, en que puedas disfrutar. Porque a decir verdad, nadie es el Superman de nadie y buscar a alguien por necesidad, es cantado que no te lleva hacia ningún lugar.

martes, 22 de noviembre de 2016

- Paren el mundo, me quiero bajar -

Cuando era chica sentía la ferviente necesidad de parecer grande; claro que no estamos hablando de una apariencia física, sino que mental -siempre me vi rodeada de adultos, quizá esto haya tenido mucho que ver-. Así fue que un día me desperté y dije "es momento de empezar a leer".
Nunca había sido gran amante de la lectura. Sin ir más lejos, la aborrecía. Justamente por eso mismo fue que decidí romper con la barrera del prejuicio gestado por mi propia ignorancia.
Si bien intenté empezar con los poemas de Adolfo Bécquer, no funcionó y entendí instantáneamente que mi ambición era más grande de lo que mi coeficiente intelectual me permitía. Mucho más grande. Y ya que estamos en época de auto sinceramiento, me parece que la franqueza debería de ser fundamental. Así, con ocho años de edad y un metro quince de estatura, agarré por primera vez "El Principito" y empecé a leer.
A la semana, lograda por haberlo terminado, sonreí ingenuamente y me di cuenta de que no había entendido nada. Nada en absoluto. Ni una sola metáfora. A decir verdad creo que todavía no conocía ni el concepto más básico de lo que una metáfora podía llegar a significar.
Una vez más mi intelecto me jugaba una mala pasada.
Frustrada nuevamente por el sabor del fracaso, inspeccioné en mi biblioteca y encontré unos libros coloridos, simpáticos y con dibujos. Por algo tenía que empezar, no importaba qué tan bajo pudiera caer. Es importante entender que para llegar a la cima, los primeros pasos son tan o más vitales que la claridad de la meta.
De esta manera conocí a Mafalda y a su círculo más allegado de gente, y si bien no era el género más maduro al que podía apuntar, a través de Quino empecé a disfrutar de la lectura y a conocer un nuevo significado: el del sarcasmo.
Mafalda era una jovencita perteneciente a una familia de clase media conformada por su papá, su mamá y su hermanito menor, Guille, quien no aparecería hasta después de algunos años de comenzada la tira. A través de su inocencia y pesimismo, esta pequeña se dedicaba a dejar en evidencia, con una perspicacia envidiable, al resto de los personajes, pero principalmente a sus padres. «El sueño del pibe»
Si había algo que me gustaba de Mafalda eran sus latiguillos, y hay uno que recuerdo a la perfección: "¡Paren el mundo! ¡Me quiero bajar!".
De las cientos de frases que podría haber elegido recordar, me quedé con esa, y desde la primera vez que la leí, la empleo en cada ocasión en que siento que todo se colapsa, en que mi vida se desmorona y ya no sé para dónde encarar.
Éste es uno de esos momentos.
Sin embargo, al igual que Mafalda, entiendo que simplemente estoy satirizando la angustia a través de una expresión de deseo inalcanzable; mecanismo de defensa que aprendí ni más ni menos que de ella.
Será por eso que esta semana decidí comenzar a leer Harry Potter, porque leer implica adentrarse en un mundo nuevo y proyectar, ¿y quién no sintió alguna vez esas ganas desesperantes de solucionar sus problemas agitando una varita?
En definitiva, después de diecisiete años, saco en limpio algunas cosas:

  1. Mi nivel de dificultad de lectura no avanzó demasiado.
  2. "El Principito" es, sin duda alguna, mi libro favorito.
  3. Soy una soñadora.
  4. Me desmorono fácilmente.
  5. Uso la lectura y la escritura como escapatoria.
  6. La vida sigue, el mundo no va a parar y yo no me voy a bajar.