martes, 6 de diciembre de 2016

- Arriba -

"Bienvenidos a bordo", anuncia el capitán por el altavoz, y sentís cómo de a poquito se te empieza a estrujar el estómago.
Hay dos motivos por los que no soy una persona habitué de los viajes aéreos. El primero, el monetario. ¿El segundo? El monetario. Sin embargo, hay veces en que ésta termina siendo la única alternativa de transporte viable, y por mucho que el bolsillo apriete, no queda otra más que desembolsar.
Siempre fui una persona muy temerosa. Toda la vida. ¿Por qué iba a ser ésta la excepción?
Tomarte un avión es simple pero enrevesado, igual que una canción de Arjona. Hay un abc de reglas por seguir y es imperioso cargarse de paciencia -y no tener antecedentes penales, ¡obvio!
En ese ínterin es cuando yo empiezo a procesar.
Primero hacemos el trámite para dejar la valija y la veo perderse en una cinta corrediza con otro tanto de valijas más, e inevitablemente me remonto a Toy Story. ¿Ay Woody, me la abrirán? Sé que tengo todas las chances de que eso pase.
Me leí cientos de páginas y foros intentando descifrar si se podía llevar un encendedor en el equipaje. Me la jugué a todo o nada y también cargué los puchos. Astuta yo, todo esto lo puse al lado del desodorante. Está claro que la cosa puede salir muy mal.
Como segundo trámite, nos toca pasar por la aduana y mi cabeza vuela imaginándose a cada uno de los programas informativos dilucidando el porqué del accidente. ¿Cuántos pasajeros iban en el vuelo? ¿A qué se dedicaban? ¿Eran buenas personas? ¿Nietos? ¿Hijos? ¿Padres de familia? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras en sus redes sociales? ¿Y sus pensamientos finales? Todo por el descuido de una inconsciente: yo.
El tercer trámite corresponde a migraciones y al famoso sello en el pasaporte. Sé que está todo en regla. Aun así, estos procedimientos siempre me ponen nerviosa. ¿Será que sólo me pasa a mí? Torpemente entrego mi documento para que finalmente aprueben mi salida del país.
Ahora no queda más que esperar... Esperar... Esperar... Esperar hasta que nos llaman para abordar.
Enterarte de que viajás con un grupo de chicos de un club de rugby tampoco ayuda. Sé que a todos se nos cruza por la cabeza la peor sentencia, pero nadie dice nada porque en definitiva, no quiere decir nada.
Arriba del avión los asientos son detestables y el video de las medidas de seguridad sólo me hace maquinar más. No obstante, dedico toda mi atención posible a memorizar cada detalle. No hay que olvidar jamás que Tusam dijo que puede fallar.
Los sonidos del motor me recuerdan a la acertada descripción que Homero le hizo a Marge para vencer su pánico a volar y me remito a creer que en un momento así, sólo se puede reír, pero la risa no sale.
El avión se pone en posición, la tripulación está lista para el despegue y al instante la aeronave empieza a acelerar. «No se puede fumar, no se puede fumar... La puta madre»
Estoy nerviosa y me aprieto los nudillos de las manos hasta que se me ponen blancos. Fuera de eso, intento no exteriorizarlo de ninguna otra manera. Esto sólo requiere de un poquito de concentración, aunque no dejo de sentirme un tanto avergonzada. No me había dado cuenta hasta este momento de lo mucho que me asustaba volar.
Vamos ascendiendo lentamente y puedo sentir la presión en el cuerpo que me impulsa hacia abajo mientras el avión se eleva a paso firme.
Arriba. Más arriba. Un poco más. Y de golpe la carcacha de metal que nos traslada, gira súbitamente a la izquierda, como un barrilete flameando al compás del viento, dejándonos prácticamente "de côté". No hiperventilo porque no da, y porque en el fondo la adrenalina que siento, me hace sentir viva.
Miro por la ventanilla y las hectáreas inacabables de tierra ahora no son más que diminutas parcelas que percibo a lo lejos en el medio de la oscuridad. Eventualmente, cuando dejamos atrás algunas nubes pasajeras, se ven las luces de la ciudad como luciérnagas en la noche.
Se me tapan los oídos y noto que estamos a la altura del horizonte, entre la tierra y el cielo, incomunicados, alejados de todo y de todos, sintiendo nada más que libertad. Los problemas que te agobiaban se esfuman al igual que el humo de ese cigarrillo que no te pudiste prender, y te dedicás a contemplar y a navegar con tu mente por los misterios más profundos.
¿A qué le temías? ¿Al viento? ¿Al vacío? ¿A la existencia? ¿A la permanencia?
Cuando volás, tus miedos pasan a formar parte de una línea paralela que se manifiesta de forma latente, porque ahí arriba tu pasado se vuelve obsoleto.
Arriba te das lugar a que te acapare el ahora, antes de volver a bajar hacia caos de la vida.

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