lunes, 9 de enero de 2017

- Cincuenta mil horas -

Redondo, redondo, barril sin fondo. Así arranca esta eterna historia sin fin, o con un final cantado; más que premeditado. Así se convierte fácilmente en un inmenso agujero negro de la soledad; en el par insostenible de la línea temporal.
Cincuenta mil horas. Cincuenta mil horas consecutivas. Cincuenta mil horas consecutivas al lado de alguien. Casi dos mil ochenta y tres días. Casi seis años. Un casi definido por un nada. Un nada indefinido.
Cincuenta mil horas consecutivas que exhiben mucho más que nuestras propias cincuenta sombras. Cincuenta mil horas consecutivas que descubren nuestros más temibles secretos, dejándolos así, al acecho. Cincuenta mil horas consecutivas que desgastan, que convierten en rutina, que te privan de sorpresas, que inmortalizan en un mundo de mortales y te apresan, volviéndote un esclavo de tus acciones y hasta de tus propias palabras.
Cincuenta mil horas consecutivas invertidas en una historia que ya es historia, que ya no va más, que fue, que ya no será.
¿Pero quién puede culpar a quién en este mundo de reveses y derechos? ¿Quién osaría escupir para arriba si de aciertos y fracasos estamos hechos?
Son las experiencias mismas las que, en definitiva, te permiten crecer y convertirte continuamente en tu mejor versión. Te hacen falta experiencias para aprender a contar. De las buenas. De las malas. De las cotidianas. De las espontáneas. De las equívocas. Te hacen falta experiencias para volver a cotizar tu corazón y animarte a arriesgar una vez más por amor.
Cincuenta mil horas. Cincuenta mil horas consecutivas. Cincuenta mil horas consecutivas al lado de alguien, sin arrepentimientos, dando todo y mucho más. Porque si lo vas a vivir, mejor hacerlo bien, ¿no?

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