martes, 18 de abril de 2017

- Guardapolvo blanco -

Corría el 2002 y yo tenía once años. Estaba en sexto grado del colegio primario y me faltaban millones de experiencias por vivir.
No siempre fui una persona aplicada y estudiosa, todos tenemos nuestros bemoles. Sin embargo, ese año perdí la cuenta de la cantidad de veces que caí en cama, apestada por gripes que acechaban a un sistema inmunológico casi tan débil como mi constancia.
En consecuencia, me perdí de más de un mes de período lectivo y mi madre se vio obligada a conseguirme los apuntes y actividades que se venían llevando a cabo.
Me sentaba a diario a estudiar con ella. Así, el colegio, se volvió mi prioridad, y las tareas se convirtieron más que en una distracción, en un hobbie.
Para el momento de mi reinserción, me encontré con una de las docentes más temidas de mi escuela primaria pública.
Su nombre resonaba por los pasillos como un trueno en medio de una tormenta feroz.
«"No sonríe nunca". "No aprueba a nadie". "Te toma examen todos los días"»
Alicia Hergott. Un nombre que nunca voy a olvidar.
En efecto, Alicia nos había advertido que con ella no existirían los peros y que sólo iba a dejar de evaluarnos el día que todos y cada uno de los integrantes de mi curso obtuviéramos un diez por calificación. Nunca pasó.
Por esta misma razón, ella se vio obligada a cumplir con su palabra.
Cada lunes, a primera hora de la mañana, todos sacábamos una hoja en blanco y rendíamos un examen semanal de Lengua y Literatura.
Nuestro nivel de escritura era bajísimo, por no decir deplorable, y Alicia, como persona rigurosa que era, no nos dejaba pasar una.
Fue la primera maestra que nos trató como adultos, que nos exigió a todos por igual, que no nos subestimó jamás.
Yo me dediqué a estudiar día tras día, por gusto, por placer.
Empecé sexto grado sin saber diferenciar una palabra grave, de una aguda, de una esdrújula. Terminé sabiendo hacer hasta el análisis sintáctico de las oraciones a la perfección.
Fue ese mismo año en que nació mi pasión por la escritura, fomentado tanto por mi dedicación y esfuerzo, como por el amor que mi docente me transmitía semana a semana.
Sentí una conexión con ella que jamás había sentido antes. Me gusta pensar que fue recíproca. Un ida y vuelta constante. Una retroalimentación que nos hizo crecer a las dos por igual.
Ese es, en definitiva, el cometido de todo docente.
En los tiempos que corren, se viene bastardeando sistemáticamente a esta profesión que, junto con el ámbito de crianza, es fundamental para la educación de todo chico. Lo ve hasta un ciego, aunque no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Me remonto a esa época mía de guardapolvo blanco observando a mi maestra, embelesada, admirándola en silencio, y no me imagino a una Alicia reprimida, ninguneada, acallada, cuestionada.
¿Quién se atrevería? ¿A quién siquiera pudiera ocurrírsele? ¿Acaso alguien sería capaz de celebrar semejante barbaridad? Ni ahora ni nunca. Jamás. Nunca más.
No sé qué hubiera sido de mí sin la compañía de Alicia, sin sus métodos de enseñanza, sin el aprendizaje que me dejó. Posiblemente hoy sentiría un inexplicable vacío por ser carente de una pasión, por no haber encontrado lo mío. Pero lo mío es esto y se lo adjudico a ella porque es su logro también.
No sé qué fue de la vida de la maestra que me marcó. Que convirtió mi vida en un antes y un después. Que me definió. Sólo sé que, como ella, todavía hay cientos y miles de Alicias luchando e inculcándonos los valores más dignos para construir un mundo mejor.

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